LA VARA



LA VARA


¡Zas! 
¡Aingh, aingh...!
¡Fiu! ¡Zas!
¡Gñññ...!
¡Zas!

— ¡Así aprenderás, chucho inútil!

¡Zas! ¡Zas!
¡Ñiiii, ñiii!

El poderoso brazo del pastor se levantaba una y otra vez para, armado con una gruesa vara, descargar su furia contra el perro indefenso. Atado con una cuerda de esparto al estrecho pero firme tronco de una carrasca, el animal intentaba en vano esquivar los golpes, una tarea casi imposible debido a la poca movilidad que le permitían sus apretadas ligaduras. El motivo del castigo, aunque lejos de hacer justificable tanta crueldad, no se podría considerar leve, al menos si tenemos en consideración las consecuencias perjudiciales que recaerían en su irascible dueño. Aquel joven perro pastor no estaba entrenado para dirigir un rebaño tan grande, por eso cuando el terreno se tornó más abrupto y escarpado no consiguió mantener a las ovejas juntas. Cuando cruzaron aquel paraje de monte bajo y llegaron a la dehesa, el pastor se apresuró a recontar sus cabezas, percatándose entonces de la pérdida. Faltaban nada más y nada menos que nueve ovejas, todo un desastre si tenemos en cuenta que aquel ganado consistía en el único medio de vida de toda la familia. El ovejero buscó a las extraviadas durante el resto de la tarde, pero cuando el sol empezó a ponerse se dio por vencido y se dirigió apesadumbrado al corral, a encerrar el mermado rebaño. No esperó más. Allí, en la misma puerta, donde encontró el árbol más cercano, ató al perro y comenzó su castigo. 
La vara comenzaba a teñirse de rojo. Grandes surcos abultados recorrían el lomo del animal, que gemía de una manera tan desconsolada que a cualquiera le hubiera partido el corazón. Pero no a Tomás. Aquel bruto pueblerino parecía dispuesto a dar muerte a palos a la pobre bestia. Ni los estridentes aullidos, ni las salpicaduras de sangre, ni el cansancio de su brazo iban a hacerlo parar. La ira nublaba cualquier pensamiento. Sus ojos inyectados en sangre expresaban una furia insensata, nacida de la más profunda sinrazón. Los del perro, inundados en lágrimas, preguntaban a su dueño el porqué a cada nuevo golpe. 

¡Zas!
Silencio.
¡Zas!
Silencio.
¡Zas, zas!
...

Cuando el cuerpo del perro se hubo convertido en una masa informe de vísceras, sangre y huesos rotos, Tomás dejó caer la vara, exhausto. Hacía horas que el sol se había escondido. Una tenue luz de luna menguante iluminaba el entorno. Ráfagas intermitentes de viento mecían las ramas de la encina. Para algún poeta gótico, aquella noche sería éste un árbol vampiro, pues no tardarían sus raíces en teñirse de rojo, disputándose con las entrañas de la tierra la absorción del denso fluido. 
El pastor cayó de rodillas. Desconocía durante cuánto tiempo estuvo golpeando al perro. Sus músculos desgastados necesitaban descanso; su cabeza obnubilada también. Se tendió en el suelo y se quedó dormido.

¿Qué ha pasado aquí? 

El hedor que desprendían los restos machacados rozaba lo insoportable. Las moscas y otros insectos ya habían comenzado a realizar sus imprescindibles labores dentro de la cadena trófica. Una mancha oscura rodeaba el cuerpo dormido de Tomás, que no había tenido ni la fuerza ni la delicadeza de apartarse del lugar de su crimen para dormir. Amanecía y Carlos daba su habitual paseo matutino por aquellos lares. Conocidos del pueblo desde pequeños, Tomás y Carlos siempre habían tenido sus diferencias en su juventud, pero la madurez les permitía mantener una relación cordial desde hacia tiempo. 

— ¿Qué ha pasado aquí?

Carlos repitió la pregunta, pero el abominable panorama que contemplaba le empezaba a responder por sí solo. Una mandíbula a la que le faltaban numerosos dientes, repleta de jirones de carne, indicaba inequívocamente junto a muchas otras pistas, como la vara ensangrentada, lo que había sucedido allí. 
Mientras Carlos observaba la repugnante escena estupefacto, reprimiendo con esfuerzo las intenciones de su estomago de expulsar el desayuno, Tomás se despertó.

— ¡Maldito perturbado! ¿Qué cojones has...

Una arcada le impidió terminar la frase. El vómito brotó como una fuente de repugnante masa a medio digerir, dejándolo indispuesto durante unos minutos. Cuando se sintió con fuerzas para reincorporarse y levantó la mirada, Tomás le miraba con una sonrisa dibujada en el rostro. La sonrisa de alguien que no estaba en su sano juicio. ¿Qué había sucedido? El día anterior se encontraron por la mañana e intercambiaron saludos de manera completamente normal. Incluso bromearon sobre el tiempo. No entendía el odio que emanaban aquellos ojos. 
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Carlos, haciendo que sus piernas se tambalearan. En un segundo entendió que tenía ante él a una persona que había perdido la cordura. Pero el auténtico terror lo sintió cuando se percató de que una gruesa soga rodeaba sus tobillos con un tipo de lazo. Su mirada se deslizó instintivamente siguiendo el recorrido de la cuerda en busca del otro extremo. No le dio tiempo a averiguar que la sujetaba Tomás. Éste tiró con fuerza y le derribó estrepitosamente. Acto seguido anudó la cuerda al mismo árbol que la noche anterior. 

— ¡Suéltame ahora mismo!
— ¡Calla! ¿Te crees que me puedes dar órdenes?
— ¡Estás loco!
Voy a hacer que te cagues encima.
— ¡Socorro!
— ¡Ja, ja, ja! Nadie te va a oír, lo sabes. Estamos lejos del pueblo.
— ¿Qué cojones te pasa? ¿Qué vas a hacer?
Lo primero que voy a hacer es recordarte una historia, a ver si te gusta.
— ¡Socorro…!
— ¡Que te calles, maldita sea! ¡Qué bonitas noches de verano hemos pasado aquí, en el pueblo! Ya desde chiquillos nos quedábamos jugando hasta las tantas de la noche, sin que nuestros padres temieran ni por un momento por nuestra seguridad. ¡Cómo se divierten estos críos!, oí decir en más de una ocasión a alguno de nuestros padres, y añadían: en un pueblo pequeño da gusto, nunca pasa nada. ¡Qué felices hemos sido! ¿Verdad? ¡Oh, sí! Aquellas noches interminables en las que nunca nos cansábamos de jugar al escondite, a la liebre, a base, al bote-bote, al águila. ¿Te acuerdas? Ese era mi favorito. Aquellas misiones que se nos ocurrían, como ir a por un buche de agua a los depósitos o conseguir diez tipos de hojas distintos mientras el águila nos intentaba pillar. ¡Qué buenos recuerdos! ¿Verdad? Sí, ¡ya lo creo! ¿Te acuerdas de la noche en la que Roberto se partió las dos paletas jugando a toco-marro-y-salvo? ¡Cómo sangraba! No pudo frenar a tiempo y se estampó contra la pared. Aquel día le sacamos el mote que aún lleva, Conejo. ¡Ja, ja, ja! Menudo idiota. Ya no quiso jugar nunca más a eso. ¡Normal! ¡Ja, ja! ¿Y el tuyo, Carlos? ¿Cuál era tu juego favorito? ¡Espera! No me respondas...

Tomás hizo una pausa para quitarse la camiseta repleta de gotas de sangre seca. Numerosas cicatrices atravesaban su espalda horizontalmente. Eran muy estrechas, pero la franja de piel oscura en el centro de cada una de ellas sugería una gran profundidad en las heridas que las causaron. 

— ¿Te acuerdas de esto? ¡Oh, sí! Seguro que lo recuerdas, pero aun así te voy a refrescar la memoria. Te encantaba aquel juego. Casi siempre encontrabas la vara de sauce más larga y conseguías ser el varero. Tú y tu amiguito Alfredo. A los demás nos tocaba correr. Yo odiaba jugar a la vara. No me gustaba ser ni corredor ni varero. Prefería jugar a cualquier otra cosa. Y me descubristeis. Te acuerdas, ¿verdad? Os enterasteis de que nada más empezar la partida yo me refugiaba en la bodega de mi abuelo, incumpliendo así la norma de esconderse bajo techo. Pero no me dijisteis nada. No. Ideasteis un plan para darme mi merecido. La noche siguiente, cuando fui a la plaza y no estabais allí, sabíais que os iría a buscar al abrevadero, nuestro segundo punto de encuentro. ¿Por qué lo hicisteis? ¡Malditos! ¡Éramos amigos! ¿Y que pasó con la regla de pegar solamente por debajo de la cintura? ¿Ves estas marcas? ¿Las ves? Hoy vas a pagar por cada una de ellas.

¡Zas!
¡Espera! ¡No!
¡Zas, zas!
¡Ah!
¡Fiuh! ¡Zas!
Gfh...Ggg...
¡Zas!
Silencio.
¡Zas!
...


TESTIMONIO REAL



Me llamo Antonio Ballabriga Muñoz, tengo treinta años y lo primero que quiero aclarar es que no estoy loco. Mis últimos intentos por trasmitir a mi gente lo que pasa por mi cabeza han acabado en conversaciones sobre drogas y psiquiátricos pero, vuelvo a repetir aun a riesgo de parecer pesado, que mi cordura sigue intacta, al menos en la medida de lo posible. No me queda más remedio que realizar esta grabación, ya que es la mejor manera que se me ocurre de dejar constancia de mi testimonio.
Repito. Mi nombre es Antonio Ballabriga y me encuentro en la maldita ciudad de Zaragoza, grabando un video que colgaré en mi blog y distribuiré por todas las redes sociales al terminar el día, 20 de septiembre de 2016. Mi único objetivo es alertar al mayor número de personas posible antes de que sea demasiado tarde. Todavía no tengo ninguna prueba para demostrar mi historia, tan solo os pido que confiéis en mi palabra y en lo que mis desdichados ojos han visto. Espero que el horror que se quedó grabado en mi retina sirva, al menos, para poner sobre aviso a la humanidad. A día de hoy todavía no tengo muy claro lo que me pasó y todo lo que conlleva, pero mi obligación es compartir con el resto del mundo mi experiencia. Ruego que si alguien ha vivido una situación parecida o dispone de algún dato relevante relacionado con el tema, se ponga en contacto conmigo y con las autoridades.
Perdón, estoy hablando de más y todavía no sabéis nada de mi historia. Dejadme ordenar unos segundos mi mente y empezaré por el principio, para que todos podáis entender el porqué de mi estado de excitación y nerviosismo.
Trabajo como empleado en el ayuntamiento de Zaragoza, en la sección de aguas residuales. Hablando claro, desatasco las alcantarillas de tapones de inmundicias, mayoritariamente formadas por residuos fecales. Hace una semana un vecino alertó al ayuntamiento sobre un olor especialmente persistente en el portal de su vivienda. Mi compañero y yo nos dirigimos, tras recibir la orden, al inmueble situado cerca del centro histórico de la ciudad. Siempre eran bastantes las intervenciones en aquel viejo barrio de desgastadas infraestructuras, pero últimamente nuestro camión se estaba convirtiendo en algo demasiado habitual en el barrio. Cuando llegamos a la dirección de nuestra agenda, las calles se encontraban totalmente desiertas. Eso es lo normal en nuestro trabajo, pues solemos actuar de madrugada para no congestionar el tráfico. Aún así, tuve una sensación extraña, como si nuestra presencia estuviera perturbando algo.  Una sensación parecida a cuando sabes que te están observando y eres incapaz de concentrarte en lo que estás haciendo, pero sin saber de dónde procedía aquella incomodidad. No le comenté nada a mi compañero, principalmente porque esa misma noche habíamos tenido una de nuestras múltiples discusiones sobre política y no tenía ganas de hablar con él. El tufo que inundaba la calle me resultó raro. Tenía el desagradable y pegajoso aroma a alcantarilla tan familiar para mí, pero distinguí rápidamente otro olor inusual. No solo apestaba a excrementos y a agua estancada. Se intuía también un matiz desacostumbrado, como a vegetación marina. Eso es. Como cuando vas a la playa por la mañana, con la marea baja, y te la encuentras llena de algas y restos de moluscos. No hubiera sido del todo desagradable si no fuera por los otros restos orgánicos que lo acompañaban. Uno nunca termina de acostumbrarse al olor a mierda por muchos años que lleve en la profesión. 
Mi compañero levantó la pesada tapa de la alcantarilla sin mucho esfuerzo. Yo seguí el ritual programado y extendí el tubo junto con el grueso cable que intentaría romper el tapón. La manguera no había avanzado ni veinte metros cuando se encontró con el obstáculo. Aumenté las revoluciones del motor para empujar con más fuerza la barrera de inmundicias. No hubo manera. El atasco parecía serio. Maldiciendo nuestra suerte, cruzamos las miradas. No hizo falta hablar. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Una partida rápida a piedra, papel o tijera, me obligó a mí a descender por la escalinata en busca del extremo de la manguera, para ver el alcance del problema y buscar una solución. 
Cuando puse los pies en el fangoso suelo y apunté con la linterna a las paredes humedecidas me sentí mas asqueado de lo normal. No era por contemplar aquel paisaje tantas veces visitado. Era aquel raro aroma que se hacía más intenso a cada paso lo que me producía un malestar incomprensible. Seguí el cable de acero, deseando encontrar rápidamente el punto donde se había atascado para salir pitando de allí. Tuve que andar pocos metros para ver el problema. Un muro de basura, ramas, papel mojado, heces y barro, tabicaba el túnel, impidiendo el paso a la corriente de aguas residuales, que ya se acumulaban formando un hediondo pantano. Algo me llamó la atención en aquella acumulación de residuos. Notaba algo poco natural en ella. Nunca había visto un tapón tan perfecto. Éste llegaba hasta el techo de la galería y parecía que había sido sellado a conciencia. Como si un albañil hubiera trabajado con aquel barro apestoso, creando una pared vertical y robusta. Exploré durante varios minutos los alrededores, alumbrando con la linterna cada recoveco. No sabía lo que pensar. Volví sobre mis pasos un poco extrañado, decidido a introducirme en la red subterránea por la siguiente alcantarilla, para ver el muro por el otro lado. 
Intenté explicarle a mi compañero lo que había visto, pero él seguía enfadado y le convenía no escucharme. Aquella noche, tras su victoria, no estaba dispuesto a pringarse. Bajé la escalerilla de mala gana, porque aunque algo me intrigaba y quería descubrir qué era, no dejaba de estar rodeado de desperdicios nauseabundos. Caminé unos diez metros y, tras un recodo, me topé con el extraño muro de frente. Al inspeccionarlo por aquel lado no me quedó ninguna duda de que aquella pared era artificial. La mera acumulación espontánea de los residuos que habitualmente circulaban por allí no crearía algo así. Pero, ¿qué clase de loco se dedicaba a levantar tabiques en las alcantarillas? Decidí subir para avisar a la policía local. Pero antes de pasar de nuevo el recodo una huella llamó mi atención. Era una huella reciente hecha por un pie bastante pequeño. Parecía la pisada de un niño. Seguí el camino marcado en el barro, sin darme cuenta de que me estaba alejando bastante de la alcantarilla por la que había bajado.
Mi pensamiento era que algún chiquillo se había caído y no encontraba ninguna salida. Se me olvidó el extraño muro artificial, tan ensimismado en la búsqueda de algún indicio para salvar a aquel niño perdido, cuando me di cuenta de que las huellas me habían llevado a una zona del alcantarillado en la que nunca había estado trabajando. En lugar de los habituales ladrillos modernos, las paredes estaban levantadas con enormes piedras. No me di cuenta del cambio, pero rápidamente recordé el pasado romano de la ciudad y pensé que sin duda me encontraba en algún antiguo tramo de la red del alcantarillado original. 
Seguí avanzando, iluminando la senda de huellas con mi potente linterna. De pronto algo llamó mi atención. No me lo podía creer. Las pequeñas huellas se multiplicaban. No sé porque continué avanzando. Puede que fuera simple curiosidad. Ojalá mi insensata valentía sirva para alertar al mundo. ¡Debéis creerme! No estaba drogado, ni borracho, como ha insinuado después mi compañero. Me encontraba en perfectas condiciones, y soy muy consciente de lo que vi, aunque sea difícil de creer. ¡Bajad y comprobadlo con vuestros propios ojos si creéis que miento! Las autoridades hacen oídos sordos a mis advertencias. ¡Malditos vagos! Ni siquiera se han dignado a mandar una patrulla. Me tomaron por loco desde el primer momento en que fui a comisaria, con mi uniforme chorreando agua sucia y mis manos llenas de lodo repugnante. Espero que vosotros, los que ahora estáis viendo este video, seáis más sensatos y toméis mis palabras en serio. Continuaré con mi historia, pues quiero compartir con el mayor número de personas posible mi experiencia, y la sensación de peligro que me dejó grabada a fuego en la mente. 
Seguí adelante, como ya os he dicho, perdido entre una multitud de huellas aparentemente recientes, cuando me encontré con una construcción muy parecida al muro artificial que había dejado atrás. En la charca formada en su base, una especie de renacuajos enormes huían del haz de mi linterna, dejándome ver su piel pegajosa durante unos segundos antes de desaparecer hundiéndose en el barro. No eran como renacuajos de rana común. En la parte superior de su espalda tenían pequeñas protuberancias escamosas, como si fueran diminutas crías de dinosaurio, y su larga cola recordaba a la de un cocodrilo. En ese momento fui consciente de que ocurría algo fuera de lo normal. Era raro encontrar huellas de niños allí, pero aquellos seres se escapaban de toda lógica. En la galería principal convergían pequeñas arquetas cada pocos metros. Muchas de ellas se encontraban taponadas, y todas las charcas que formaban estaban repletas de los espantosos renacuajos. Ya me iba a dar media vuelta. Había visto suficiente como para querer salir de allí. Pero en ese instante vi al final del túnel un ligero resplandor. Pensé que sería una salida, porque no encontraba otra explicación a aquella luz artificial sino era que se colaba por alguna alcantarilla. 
Para mi sorpresa, cuando alcancé la luz me encontraba en una gran sala. No sabría decir con exactitud su tamaño, pero me resultó extrañamente grande, acostumbrado como estaba a las estrechas cloacas. Una bombilla colgaba del techo. Escuché un ruido, un ligero chapoteo, y retrocedí hacia la oscuridad, pues a esas alturas mi miedo estaba a flor de piel y mi instinto me hizo ocultarme. No sé si fue suerte o aquello que vi no se esperaba un intruso allí, y por eso no me vio, el caso es que a mi lado pasó una persona vestida de traje. ¿Qué hacia aquel hombre allí? Lo primero que pensé fue que sería algún mafioso, alguien relacionado con el narcotráfico. ¿Quién si no utilizaría aquella red subterránea? Era lo único que se me ocurría. No me dio tiempo a hacer más cábalas. Andando tranquilamente, como si nada estuviera sucediendo, el hombre comenzó a cambiar. Sus rasgos humanos fueron poco a poco desapareciendo, dejando paso a un rostro verdoso y lleno de escamas. La extraordinaria transmutación no se detuvo ahí. Todo su cuerpo adquirió un tono verde. La vestimenta e incluso los zapatos, desaparecieron. Ver el cuerpo de aquella criatura me produjo una sensación de pánico. Un grito se escapó de mi garganta. No me dio tiempo de salir corriendo. Aquel ser me oyó y se lanzó sobre mí. Como yo estaba en estado de shock, no tardó en someterme. No sé porqué no me mató entonces. Llegué a pensar que quizás no era malvado, pero pronto ese pensamiento se borró de mi cabeza. Acabé atado de manos, arrastrado por aquel reptil humanoide. Pude ver las huellas que dejaban sus extraños y pequeños pies. Parecían huellas de niños.
Lo que vi a partir de entonces bien podría haber sido una pesadilla, pero no. Era real. ¡Lo juro por mi vida! Esta vida que estuve a punto de perder en las entrañas de mi maldita ciudad. Atravesamos salas rebosantes de bichos de su especie. Si me quedaba atrás, mirando fijamente aquel mundo infestado, mi captor tiraba con violencia de la cuerda, haciéndome tragar bocanadas de fango y provocando las risas de sus congéneres. Muchos me miraban con expresión indiferente. Otros se acercaban a mí y extendían sus lenguas bífidas, amenazantes. No tengo ni idea de cuánto tiempo llevaban esos hombres-lagarto viviendo allí. Tampoco me imaginaba de dónde podían haber salido. Solo pude ver que eran muy numerosos y que había de todos los tamaños, desde jóvenes criaturas que apenas levantaban un par de palmos del suelo, a grandes bestias de dos metros de altura, o incluso más. No sabía a dónde me llevaba ni lo que tenía pensado hacer conmigo. Imaginé que acabarían comiéndome. O algo peor. Yo observaba asustado mientras me llevaba por interminables pasillos. Todo estaba iluminado con una luz amarillenta que venía de viejas bombillas colocadas cada pocos metros. El olor se había vuelto insoportable. Parecía que el meado de mil ranas se metiera por mi boca en cada bocanada de aire que cogía. No sé cuánto tiempo estuvimos andando. De vez en cuando se giraba para mirarme. Me hablaba en un idioma desconocido para mí, pero que me sonaba al hebreo de las películas sobre posesiones demoniacas. Escuchar aquel galimatías de sonidos con la voz ronca y poderosa del lagarto me helaba la sangre. Además, no sé si serían impresiones mías o estaba en lo cierto, creo que eran reprimendas. Pero no estoy seguro, porque a veces parecía muy enfadado y otras sonreía. No os podéis hacer una idea del miedo que pasé mientras aquella bestia, que tenía una fuerza sobrehumana, me exhibía en cada sala a la que entrábamos. Yo observaba atentamente mi entorno para encontrar alguna posible vía de escape. Vi numerosos pasillos que descendían por grandes escalones. También distinguí muchas puertas de distintos tamaños. Aquello era un verdadero laberinto. Si conseguía escapar de mi carcelero, cosa que en esos momentos veía muy improbable, estaba seguro de que no encontraría el camino de vuelta.
Hubo un momento en el que descendimos. El suelo, al contrario de lo que pudiera hacer pensar la lógica, estaba más limpio y seco conforme bajábamos. Pronto nos encontramos ante una puerta de acero, a la que el hombre-reptil golpeó con sus nudillos. La hoja metálica se abrió casi al instante y mi captor entró, cabizbajo, como quien se presenta ante un superior. Acto seguido tiró de la cuerda y me mostró a lo que fuera que habitaba allí. No llegué a ver nada. ¡Y lo agradezco! Porque vi el pavor en los ojos de aquel humanoide y casi me compadecí de él. Unos chillidos que no eran de este planeta llenaron el aire. No puedo dejar de oírlos. Tan espeluznantes me parecieron que a punto estuve de perder el sentido. No sé que había en aquella sala, pero perfectamente podría tratarse del mismísimo diablo. Corriendo, conmigo arrastras siguiéndole, el hombre-lagarto subió las escaleras. En aquel instante yo no podía pensar, pero más adelante, con todas las vueltas que le he dado al asunto, me aventuraría a asegurar que lo que fuera que había allí le echó la bronca por llevarme ante él. Eso explicaría los golpes que me llevé después. Tuve una tremenda suerte, porque justo cuando la paliza que me estaba dando iba a acabar con mis fuerzas, se escuchó un trueno. Oí su retumbar perfectamente, por lo que deduje que no nos encontrábamos demasiado lejos de alguna posible salida. El segundo trueno influyó en el estado de ánimo del lagarto, pues aminoró bastante la fuerza de sus golpes, hasta detenerse por completo. Algunos ejemplares de su especie pasaron junto a nosotros con prisa. Los truenos continuaron cayendo y pronto se desató en la superficie lo que creo fue una gran tormenta, pues allí, en las antiguas alcantarillas donde nos encontrábamos, comenzaron a formarse pequeñas corrientes de agua en cuestión de segundos. El reptil humanoide se puso entonces nervioso. Me miró, y creo que en sus ojos pude notar su indecisión. Aquella cosa no sabía qué hacer. Quería salir corriendo como sus congéneres, pero no quería cargar conmigo. Me lanzó un zarpazo tan imprevisto que apenas me dio tiempo a girar sobre mí mismo y esquivarlo. Las alcantarillas se llenaban rápidamente de agua embarrada. El hombre-lagarto no perdió más tiempo conmigo. Un tremendo trueno lo terminó de ahuyentar, haciéndolo correr enloquecidamente y abandonándome a mi suerte.
El agua me llegaba por las rodillas y corría con fuerza. Tenía las manos atadas. Estaba convencido de que iba a morir ahogado. Recuerdo luchar por mantener la cabeza fuera del agua cuando el nivel de la corriente subió. Momentos después debí perder el conocimiento. No sé cuánto tiempo había pasado, pero era aún de noche cuando desperté en las afueras de la ciudad, tirado y empapado en la ribera. Me arrastré como pude, con el cuerpo lleno de cardenales y varias heridas abiertas. Me había salvado. Pero todavía tenía miedo. Temía que uno de aquellos humanoides me encontrara y terminara de matarme. ¡Y temía aun más a aquel ser que habitaba en las profundidades, del cual desconocía incluso su aspecto, pero que había sembrado en mi interior un temor que nunca llegaré a superar! Mi único consuelo es que mi condena os sirva a vosotros de advertencia.
 Lo que pasó más tarde ya os lo he comentado. En cuanto me desperté, me dirigí a la comisaría más cercana. Podéis imaginar el aspecto que yo tenía. Entre eso y lo nervioso que me sentía, los policías pronto pensaron que estaba bajo los efectos de las drogas. Ahora lo pienso y tuve suerte de no pasar la noche en el calabozo. Aunque puede que allí me hubiera sentido más seguro, porque todo el camino hasta mi casa me pasé mirando las sombras, asustado por si me encontraba con alguno de aquellos seres. 
No entiendo cómo salí con vida. Ahora pienso que mi experiencia fue un regalo para la humanidad. Mi testimonio puede servir para prepararse contra un posible enemigo que se esconde debajo de nuestras ciudades y que convive con nosotros, vete tú a saber con qué intenciones. No puedo dormir. Apenas puedo salir a la calle. Es normal que mi familia me tache de loco porque, desde que me pasó esto, sufro manía persecutoria y ataques de pánico sin motivos aparentes. Yo sé la razón y por eso la comparto con vosotros. A muchos esta historia os puede resultar graciosa, un video más de la red para intentar dar fama a mi canal y a mi blog. No. Tampoco es un cuento ni un experimento. ¡Lo que os digo es real! ¡Os pido que me creáis, por favor! Creedme por vosotros y por la gente a la que queréis.

POLÍTICA TRIBAL



POLÍTICA TRIBAL

Observo con profunda tristeza cómo los miembros de mi tribu se matan entre sí para lograr obtener la bendición de la caracola. Desde mi posición elevada consigo distinguir a Guil sosteniendo el preciado objeto por encima de su cabeza, perdiendo la fuerza y, poco a poco, la vida por la herida que Rot le ha practicado en el costado. Fisn se abalanza sobre los cuerpos que pugnan por alcanzar el esqueleto idolatrado del molusco, blandiendo un garrote que maneja con maestría. Rompe un par de cráneos antes de que la concha termine de caer y con su mano libre la atrapa, asiéndola por una de sus muchas puntas coralinas. Toma consciencia de que se acaba de convertir en el blanco de todas las miradas, y también de la totalidad de las armas disponibles en el terreno de juego. Rot, que partía como favorito, no va a ser capaz de llegar a tiempo de evitar que Finc pose sus labios en la caracola y la haga sonar. En un intento desesperado agarra una piedra, pues su lanza yace al lado del cuerpo de Guil, y dispara su brazo como un látigo. El trozo de roca sale a toda velocidad de su mano, girando sobre sí mismo. Parece un tiro perfecto hasta que en el último instante todo el mundo enmudece. La piedra no ha conseguido romper los dientes de Finc, ni siquiera abrirle una brecha en la cabeza. Rot acaba de infringir la única norma del juego, aquella ley que lo va a llevar a la muerte por haber dañado la caracola. No existe reglamento, salvo la pena de muerte para aquel que dañe la concha sagrada. Todos los ojos quedan clavados en Rot, incluidos los míos. Finc intenta mantener los pedazos del molusco entre sus dedos, tarea que resulta imposible. Ahora las miradas se alternan entre el futuro cadáver que ha quedado petrificado, y los restos del caparazón rosado. El consejo de sabios se ha puesto en pie. La gente empieza a jalearse. Parece que no ha sido suficiente la sangría y piden que se cumpla la ley. Desde que soy el jefe de la tribu nunca había ocurrido esto y me siento desconcertado. Una de mis últimas acciones ha sido intentar suprimir estos estúpidos juegos que merman la fuerza de mi ejército. Pero el pueblo no consintió que le privaran de su entretenimiento. Casi me cuesta el puesto, y el cuello. Bajo con paso firme de mi estrado, utilizando mi bastón de mando como apoyo auxiliar para aliviar algo de peso de mis viejas y enclenques piernas. Cuando llego al terreno de juego, todos están esperando mis palabras, aunque el silencio no es absoluto, ya que no gozo de demasiada popularidad. Sin decir nada meto la mano en mi bolsa, cojo lo que estoy buscando con los dedos y lo muestro en alto, desafiante. La pluma negra anula los juegos y todo lo que en ellos haya sucedido, obligando a ser repetidos a los trece días de ser mostrada. No sé si ha sido buena idea, pero es la única manera de ganar tiempo que se me ha pasado por la cabeza. Rot llora, desconozco si de alegría o porque acaba de salir de su estupor tras romper el sagrado ítem. Mi fama de jefe demasiado blando acaba de aumentar unos cuantos puntos. La gente se dispersa, descontenta. Tampoco el consejo de sabios me apoya, pues todos giran la cabeza cuando busco su aprobación con la mirada. Presiento que mis días al frente de la tribu están llegando a su fin.
Esa misma noche unos cánticos en el exterior de mi choza me arrancan de mis sueños inquietos. Las luces de las antorchas dibujan siluetas en las paredes de paja, figuras encorvadas que reconozco al instante. El consejo de sabios ha reunido a la tribu en torno a mi habitáculo. Yo les había estropeado la diversión. Ahora me convertiré en su entretenimiento por una noche, al menos mientras mi débil cuerpo soporte las torturas a las que voy a ser sometido. Salgo por la puerta con la cabeza erguida. Siento pena, más por ellos que por mí. Yo ya soy viejo y sabía que esto podría pasar tarde o temprano. Les he dado la oportunidad de dar un paso hacia delante en la civilización, de dejar atrás rituales absurdos e infructíferos que no benefician en nada a nuestro pueblo. Ha sido inútil. Han elegido quedarse más cerca del lado animal, negando la gran capacidad que nos ha sido otorgada a los hombres. El entretenimiento salvaje y el ocio sangriento están en contra de la evolución, y ahora que veo de cerca la muerte, miro a la cara al consejo de ancianos y me voy de este mundo con la certeza de que ellos lo saben y es lo que desean.