TESTIMONIO REAL



Me llamo Antonio Ballabriga Muñoz, tengo treinta años y lo primero que quiero aclarar es que no estoy loco. Mis últimos intentos por trasmitir a mi gente lo que pasa por mi cabeza han acabado en conversaciones sobre drogas y psiquiátricos pero, vuelvo a repetir aun a riesgo de parecer pesado, que mi cordura sigue intacta, al menos en la medida de lo posible. No me queda más remedio que realizar esta grabación, ya que es la mejor manera que se me ocurre de dejar constancia de mi testimonio.
Repito. Mi nombre es Antonio Ballabriga y me encuentro en la maldita ciudad de Zaragoza, grabando un video que colgaré en mi blog y distribuiré por todas las redes sociales al terminar el día, 20 de septiembre de 2016. Mi único objetivo es alertar al mayor número de personas posible antes de que sea demasiado tarde. Todavía no tengo ninguna prueba para demostrar mi historia, tan solo os pido que confiéis en mi palabra y en lo que mis desdichados ojos han visto. Espero que el horror que se quedó grabado en mi retina sirva, al menos, para poner sobre aviso a la humanidad. A día de hoy todavía no tengo muy claro lo que me pasó y todo lo que conlleva, pero mi obligación es compartir con el resto del mundo mi experiencia. Ruego que si alguien ha vivido una situación parecida o dispone de algún dato relevante relacionado con el tema, se ponga en contacto conmigo y con las autoridades.
Perdón, estoy hablando de más y todavía no sabéis nada de mi historia. Dejadme ordenar unos segundos mi mente y empezaré por el principio, para que todos podáis entender el porqué de mi estado de excitación y nerviosismo.
Trabajo como empleado en el ayuntamiento de Zaragoza, en la sección de aguas residuales. Hablando claro, desatasco las alcantarillas de tapones de inmundicias, mayoritariamente formadas por residuos fecales. Hace una semana un vecino alertó al ayuntamiento sobre un olor especialmente persistente en el portal de su vivienda. Mi compañero y yo nos dirigimos, tras recibir la orden, al inmueble situado cerca del centro histórico de la ciudad. Siempre eran bastantes las intervenciones en aquel viejo barrio de desgastadas infraestructuras, pero últimamente nuestro camión se estaba convirtiendo en algo demasiado habitual en el barrio. Cuando llegamos a la dirección de nuestra agenda, las calles se encontraban totalmente desiertas. Eso es lo normal en nuestro trabajo, pues solemos actuar de madrugada para no congestionar el tráfico. Aún así, tuve una sensación extraña, como si nuestra presencia estuviera perturbando algo.  Una sensación parecida a cuando sabes que te están observando y eres incapaz de concentrarte en lo que estás haciendo, pero sin saber de dónde procedía aquella incomodidad. No le comenté nada a mi compañero, principalmente porque esa misma noche habíamos tenido una de nuestras múltiples discusiones sobre política y no tenía ganas de hablar con él. El tufo que inundaba la calle me resultó raro. Tenía el desagradable y pegajoso aroma a alcantarilla tan familiar para mí, pero distinguí rápidamente otro olor inusual. No solo apestaba a excrementos y a agua estancada. Se intuía también un matiz desacostumbrado, como a vegetación marina. Eso es. Como cuando vas a la playa por la mañana, con la marea baja, y te la encuentras llena de algas y restos de moluscos. No hubiera sido del todo desagradable si no fuera por los otros restos orgánicos que lo acompañaban. Uno nunca termina de acostumbrarse al olor a mierda por muchos años que lleve en la profesión. 
Mi compañero levantó la pesada tapa de la alcantarilla sin mucho esfuerzo. Yo seguí el ritual programado y extendí el tubo junto con el grueso cable que intentaría romper el tapón. La manguera no había avanzado ni veinte metros cuando se encontró con el obstáculo. Aumenté las revoluciones del motor para empujar con más fuerza la barrera de inmundicias. No hubo manera. El atasco parecía serio. Maldiciendo nuestra suerte, cruzamos las miradas. No hizo falta hablar. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Una partida rápida a piedra, papel o tijera, me obligó a mí a descender por la escalinata en busca del extremo de la manguera, para ver el alcance del problema y buscar una solución. 
Cuando puse los pies en el fangoso suelo y apunté con la linterna a las paredes humedecidas me sentí mas asqueado de lo normal. No era por contemplar aquel paisaje tantas veces visitado. Era aquel raro aroma que se hacía más intenso a cada paso lo que me producía un malestar incomprensible. Seguí el cable de acero, deseando encontrar rápidamente el punto donde se había atascado para salir pitando de allí. Tuve que andar pocos metros para ver el problema. Un muro de basura, ramas, papel mojado, heces y barro, tabicaba el túnel, impidiendo el paso a la corriente de aguas residuales, que ya se acumulaban formando un hediondo pantano. Algo me llamó la atención en aquella acumulación de residuos. Notaba algo poco natural en ella. Nunca había visto un tapón tan perfecto. Éste llegaba hasta el techo de la galería y parecía que había sido sellado a conciencia. Como si un albañil hubiera trabajado con aquel barro apestoso, creando una pared vertical y robusta. Exploré durante varios minutos los alrededores, alumbrando con la linterna cada recoveco. No sabía lo que pensar. Volví sobre mis pasos un poco extrañado, decidido a introducirme en la red subterránea por la siguiente alcantarilla, para ver el muro por el otro lado. 
Intenté explicarle a mi compañero lo que había visto, pero él seguía enfadado y le convenía no escucharme. Aquella noche, tras su victoria, no estaba dispuesto a pringarse. Bajé la escalerilla de mala gana, porque aunque algo me intrigaba y quería descubrir qué era, no dejaba de estar rodeado de desperdicios nauseabundos. Caminé unos diez metros y, tras un recodo, me topé con el extraño muro de frente. Al inspeccionarlo por aquel lado no me quedó ninguna duda de que aquella pared era artificial. La mera acumulación espontánea de los residuos que habitualmente circulaban por allí no crearía algo así. Pero, ¿qué clase de loco se dedicaba a levantar tabiques en las alcantarillas? Decidí subir para avisar a la policía local. Pero antes de pasar de nuevo el recodo una huella llamó mi atención. Era una huella reciente hecha por un pie bastante pequeño. Parecía la pisada de un niño. Seguí el camino marcado en el barro, sin darme cuenta de que me estaba alejando bastante de la alcantarilla por la que había bajado.
Mi pensamiento era que algún chiquillo se había caído y no encontraba ninguna salida. Se me olvidó el extraño muro artificial, tan ensimismado en la búsqueda de algún indicio para salvar a aquel niño perdido, cuando me di cuenta de que las huellas me habían llevado a una zona del alcantarillado en la que nunca había estado trabajando. En lugar de los habituales ladrillos modernos, las paredes estaban levantadas con enormes piedras. No me di cuenta del cambio, pero rápidamente recordé el pasado romano de la ciudad y pensé que sin duda me encontraba en algún antiguo tramo de la red del alcantarillado original. 
Seguí avanzando, iluminando la senda de huellas con mi potente linterna. De pronto algo llamó mi atención. No me lo podía creer. Las pequeñas huellas se multiplicaban. No sé porque continué avanzando. Puede que fuera simple curiosidad. Ojalá mi insensata valentía sirva para alertar al mundo. ¡Debéis creerme! No estaba drogado, ni borracho, como ha insinuado después mi compañero. Me encontraba en perfectas condiciones, y soy muy consciente de lo que vi, aunque sea difícil de creer. ¡Bajad y comprobadlo con vuestros propios ojos si creéis que miento! Las autoridades hacen oídos sordos a mis advertencias. ¡Malditos vagos! Ni siquiera se han dignado a mandar una patrulla. Me tomaron por loco desde el primer momento en que fui a comisaria, con mi uniforme chorreando agua sucia y mis manos llenas de lodo repugnante. Espero que vosotros, los que ahora estáis viendo este video, seáis más sensatos y toméis mis palabras en serio. Continuaré con mi historia, pues quiero compartir con el mayor número de personas posible mi experiencia, y la sensación de peligro que me dejó grabada a fuego en la mente. 
Seguí adelante, como ya os he dicho, perdido entre una multitud de huellas aparentemente recientes, cuando me encontré con una construcción muy parecida al muro artificial que había dejado atrás. En la charca formada en su base, una especie de renacuajos enormes huían del haz de mi linterna, dejándome ver su piel pegajosa durante unos segundos antes de desaparecer hundiéndose en el barro. No eran como renacuajos de rana común. En la parte superior de su espalda tenían pequeñas protuberancias escamosas, como si fueran diminutas crías de dinosaurio, y su larga cola recordaba a la de un cocodrilo. En ese momento fui consciente de que ocurría algo fuera de lo normal. Era raro encontrar huellas de niños allí, pero aquellos seres se escapaban de toda lógica. En la galería principal convergían pequeñas arquetas cada pocos metros. Muchas de ellas se encontraban taponadas, y todas las charcas que formaban estaban repletas de los espantosos renacuajos. Ya me iba a dar media vuelta. Había visto suficiente como para querer salir de allí. Pero en ese instante vi al final del túnel un ligero resplandor. Pensé que sería una salida, porque no encontraba otra explicación a aquella luz artificial sino era que se colaba por alguna alcantarilla. 
Para mi sorpresa, cuando alcancé la luz me encontraba en una gran sala. No sabría decir con exactitud su tamaño, pero me resultó extrañamente grande, acostumbrado como estaba a las estrechas cloacas. Una bombilla colgaba del techo. Escuché un ruido, un ligero chapoteo, y retrocedí hacia la oscuridad, pues a esas alturas mi miedo estaba a flor de piel y mi instinto me hizo ocultarme. No sé si fue suerte o aquello que vi no se esperaba un intruso allí, y por eso no me vio, el caso es que a mi lado pasó una persona vestida de traje. ¿Qué hacia aquel hombre allí? Lo primero que pensé fue que sería algún mafioso, alguien relacionado con el narcotráfico. ¿Quién si no utilizaría aquella red subterránea? Era lo único que se me ocurría. No me dio tiempo a hacer más cábalas. Andando tranquilamente, como si nada estuviera sucediendo, el hombre comenzó a cambiar. Sus rasgos humanos fueron poco a poco desapareciendo, dejando paso a un rostro verdoso y lleno de escamas. La extraordinaria transmutación no se detuvo ahí. Todo su cuerpo adquirió un tono verde. La vestimenta e incluso los zapatos, desaparecieron. Ver el cuerpo de aquella criatura me produjo una sensación de pánico. Un grito se escapó de mi garganta. No me dio tiempo de salir corriendo. Aquel ser me oyó y se lanzó sobre mí. Como yo estaba en estado de shock, no tardó en someterme. No sé porqué no me mató entonces. Llegué a pensar que quizás no era malvado, pero pronto ese pensamiento se borró de mi cabeza. Acabé atado de manos, arrastrado por aquel reptil humanoide. Pude ver las huellas que dejaban sus extraños y pequeños pies. Parecían huellas de niños.
Lo que vi a partir de entonces bien podría haber sido una pesadilla, pero no. Era real. ¡Lo juro por mi vida! Esta vida que estuve a punto de perder en las entrañas de mi maldita ciudad. Atravesamos salas rebosantes de bichos de su especie. Si me quedaba atrás, mirando fijamente aquel mundo infestado, mi captor tiraba con violencia de la cuerda, haciéndome tragar bocanadas de fango y provocando las risas de sus congéneres. Muchos me miraban con expresión indiferente. Otros se acercaban a mí y extendían sus lenguas bífidas, amenazantes. No tengo ni idea de cuánto tiempo llevaban esos hombres-lagarto viviendo allí. Tampoco me imaginaba de dónde podían haber salido. Solo pude ver que eran muy numerosos y que había de todos los tamaños, desde jóvenes criaturas que apenas levantaban un par de palmos del suelo, a grandes bestias de dos metros de altura, o incluso más. No sabía a dónde me llevaba ni lo que tenía pensado hacer conmigo. Imaginé que acabarían comiéndome. O algo peor. Yo observaba asustado mientras me llevaba por interminables pasillos. Todo estaba iluminado con una luz amarillenta que venía de viejas bombillas colocadas cada pocos metros. El olor se había vuelto insoportable. Parecía que el meado de mil ranas se metiera por mi boca en cada bocanada de aire que cogía. No sé cuánto tiempo estuvimos andando. De vez en cuando se giraba para mirarme. Me hablaba en un idioma desconocido para mí, pero que me sonaba al hebreo de las películas sobre posesiones demoniacas. Escuchar aquel galimatías de sonidos con la voz ronca y poderosa del lagarto me helaba la sangre. Además, no sé si serían impresiones mías o estaba en lo cierto, creo que eran reprimendas. Pero no estoy seguro, porque a veces parecía muy enfadado y otras sonreía. No os podéis hacer una idea del miedo que pasé mientras aquella bestia, que tenía una fuerza sobrehumana, me exhibía en cada sala a la que entrábamos. Yo observaba atentamente mi entorno para encontrar alguna posible vía de escape. Vi numerosos pasillos que descendían por grandes escalones. También distinguí muchas puertas de distintos tamaños. Aquello era un verdadero laberinto. Si conseguía escapar de mi carcelero, cosa que en esos momentos veía muy improbable, estaba seguro de que no encontraría el camino de vuelta.
Hubo un momento en el que descendimos. El suelo, al contrario de lo que pudiera hacer pensar la lógica, estaba más limpio y seco conforme bajábamos. Pronto nos encontramos ante una puerta de acero, a la que el hombre-reptil golpeó con sus nudillos. La hoja metálica se abrió casi al instante y mi captor entró, cabizbajo, como quien se presenta ante un superior. Acto seguido tiró de la cuerda y me mostró a lo que fuera que habitaba allí. No llegué a ver nada. ¡Y lo agradezco! Porque vi el pavor en los ojos de aquel humanoide y casi me compadecí de él. Unos chillidos que no eran de este planeta llenaron el aire. No puedo dejar de oírlos. Tan espeluznantes me parecieron que a punto estuve de perder el sentido. No sé que había en aquella sala, pero perfectamente podría tratarse del mismísimo diablo. Corriendo, conmigo arrastras siguiéndole, el hombre-lagarto subió las escaleras. En aquel instante yo no podía pensar, pero más adelante, con todas las vueltas que le he dado al asunto, me aventuraría a asegurar que lo que fuera que había allí le echó la bronca por llevarme ante él. Eso explicaría los golpes que me llevé después. Tuve una tremenda suerte, porque justo cuando la paliza que me estaba dando iba a acabar con mis fuerzas, se escuchó un trueno. Oí su retumbar perfectamente, por lo que deduje que no nos encontrábamos demasiado lejos de alguna posible salida. El segundo trueno influyó en el estado de ánimo del lagarto, pues aminoró bastante la fuerza de sus golpes, hasta detenerse por completo. Algunos ejemplares de su especie pasaron junto a nosotros con prisa. Los truenos continuaron cayendo y pronto se desató en la superficie lo que creo fue una gran tormenta, pues allí, en las antiguas alcantarillas donde nos encontrábamos, comenzaron a formarse pequeñas corrientes de agua en cuestión de segundos. El reptil humanoide se puso entonces nervioso. Me miró, y creo que en sus ojos pude notar su indecisión. Aquella cosa no sabía qué hacer. Quería salir corriendo como sus congéneres, pero no quería cargar conmigo. Me lanzó un zarpazo tan imprevisto que apenas me dio tiempo a girar sobre mí mismo y esquivarlo. Las alcantarillas se llenaban rápidamente de agua embarrada. El hombre-lagarto no perdió más tiempo conmigo. Un tremendo trueno lo terminó de ahuyentar, haciéndolo correr enloquecidamente y abandonándome a mi suerte.
El agua me llegaba por las rodillas y corría con fuerza. Tenía las manos atadas. Estaba convencido de que iba a morir ahogado. Recuerdo luchar por mantener la cabeza fuera del agua cuando el nivel de la corriente subió. Momentos después debí perder el conocimiento. No sé cuánto tiempo había pasado, pero era aún de noche cuando desperté en las afueras de la ciudad, tirado y empapado en la ribera. Me arrastré como pude, con el cuerpo lleno de cardenales y varias heridas abiertas. Me había salvado. Pero todavía tenía miedo. Temía que uno de aquellos humanoides me encontrara y terminara de matarme. ¡Y temía aun más a aquel ser que habitaba en las profundidades, del cual desconocía incluso su aspecto, pero que había sembrado en mi interior un temor que nunca llegaré a superar! Mi único consuelo es que mi condena os sirva a vosotros de advertencia.
 Lo que pasó más tarde ya os lo he comentado. En cuanto me desperté, me dirigí a la comisaría más cercana. Podéis imaginar el aspecto que yo tenía. Entre eso y lo nervioso que me sentía, los policías pronto pensaron que estaba bajo los efectos de las drogas. Ahora lo pienso y tuve suerte de no pasar la noche en el calabozo. Aunque puede que allí me hubiera sentido más seguro, porque todo el camino hasta mi casa me pasé mirando las sombras, asustado por si me encontraba con alguno de aquellos seres. 
No entiendo cómo salí con vida. Ahora pienso que mi experiencia fue un regalo para la humanidad. Mi testimonio puede servir para prepararse contra un posible enemigo que se esconde debajo de nuestras ciudades y que convive con nosotros, vete tú a saber con qué intenciones. No puedo dormir. Apenas puedo salir a la calle. Es normal que mi familia me tache de loco porque, desde que me pasó esto, sufro manía persecutoria y ataques de pánico sin motivos aparentes. Yo sé la razón y por eso la comparto con vosotros. A muchos esta historia os puede resultar graciosa, un video más de la red para intentar dar fama a mi canal y a mi blog. No. Tampoco es un cuento ni un experimento. ¡Lo que os digo es real! ¡Os pido que me creáis, por favor! Creedme por vosotros y por la gente a la que queréis.

POLÍTICA TRIBAL



POLÍTICA TRIBAL

Observo con profunda tristeza cómo los miembros de mi tribu se matan entre sí para lograr obtener la bendición de la caracola. Desde mi posición elevada consigo distinguir a Guil sosteniendo el preciado objeto por encima de su cabeza, perdiendo la fuerza y, poco a poco, la vida por la herida que Rot le ha practicado en el costado. Fisn se abalanza sobre los cuerpos que pugnan por alcanzar el esqueleto idolatrado del molusco, blandiendo un garrote que maneja con maestría. Rompe un par de cráneos antes de que la concha termine de caer y con su mano libre la atrapa, asiéndola por una de sus muchas puntas coralinas. Toma consciencia de que se acaba de convertir en el blanco de todas las miradas, y también de la totalidad de las armas disponibles en el terreno de juego. Rot, que partía como favorito, no va a ser capaz de llegar a tiempo de evitar que Finc pose sus labios en la caracola y la haga sonar. En un intento desesperado agarra una piedra, pues su lanza yace al lado del cuerpo de Guil, y dispara su brazo como un látigo. El trozo de roca sale a toda velocidad de su mano, girando sobre sí mismo. Parece un tiro perfecto hasta que en el último instante todo el mundo enmudece. La piedra no ha conseguido romper los dientes de Finc, ni siquiera abrirle una brecha en la cabeza. Rot acaba de infringir la única norma del juego, aquella ley que lo va a llevar a la muerte por haber dañado la caracola. No existe reglamento, salvo la pena de muerte para aquel que dañe la concha sagrada. Todos los ojos quedan clavados en Rot, incluidos los míos. Finc intenta mantener los pedazos del molusco entre sus dedos, tarea que resulta imposible. Ahora las miradas se alternan entre el futuro cadáver que ha quedado petrificado, y los restos del caparazón rosado. El consejo de sabios se ha puesto en pie. La gente empieza a jalearse. Parece que no ha sido suficiente la sangría y piden que se cumpla la ley. Desde que soy el jefe de la tribu nunca había ocurrido esto y me siento desconcertado. Una de mis últimas acciones ha sido intentar suprimir estos estúpidos juegos que merman la fuerza de mi ejército. Pero el pueblo no consintió que le privaran de su entretenimiento. Casi me cuesta el puesto, y el cuello. Bajo con paso firme de mi estrado, utilizando mi bastón de mando como apoyo auxiliar para aliviar algo de peso de mis viejas y enclenques piernas. Cuando llego al terreno de juego, todos están esperando mis palabras, aunque el silencio no es absoluto, ya que no gozo de demasiada popularidad. Sin decir nada meto la mano en mi bolsa, cojo lo que estoy buscando con los dedos y lo muestro en alto, desafiante. La pluma negra anula los juegos y todo lo que en ellos haya sucedido, obligando a ser repetidos a los trece días de ser mostrada. No sé si ha sido buena idea, pero es la única manera de ganar tiempo que se me ha pasado por la cabeza. Rot llora, desconozco si de alegría o porque acaba de salir de su estupor tras romper el sagrado ítem. Mi fama de jefe demasiado blando acaba de aumentar unos cuantos puntos. La gente se dispersa, descontenta. Tampoco el consejo de sabios me apoya, pues todos giran la cabeza cuando busco su aprobación con la mirada. Presiento que mis días al frente de la tribu están llegando a su fin.
Esa misma noche unos cánticos en el exterior de mi choza me arrancan de mis sueños inquietos. Las luces de las antorchas dibujan siluetas en las paredes de paja, figuras encorvadas que reconozco al instante. El consejo de sabios ha reunido a la tribu en torno a mi habitáculo. Yo les había estropeado la diversión. Ahora me convertiré en su entretenimiento por una noche, al menos mientras mi débil cuerpo soporte las torturas a las que voy a ser sometido. Salgo por la puerta con la cabeza erguida. Siento pena, más por ellos que por mí. Yo ya soy viejo y sabía que esto podría pasar tarde o temprano. Les he dado la oportunidad de dar un paso hacia delante en la civilización, de dejar atrás rituales absurdos e infructíferos que no benefician en nada a nuestro pueblo. Ha sido inútil. Han elegido quedarse más cerca del lado animal, negando la gran capacidad que nos ha sido otorgada a los hombres. El entretenimiento salvaje y el ocio sangriento están en contra de la evolución, y ahora que veo de cerca la muerte, miro a la cara al consejo de ancianos y me voy de este mundo con la certeza de que ellos lo saben y es lo que desean.

¡QUE SIGA LA FIESTA!

¡QUE SIGA LA FIESTA!
Hunde el cuchillo en el pecho desgarrando la carne. Y sigue. Continua deslizando el metal destrozando los tejidos. Y sigue. Decenas de poros borbotean con violencia. Y sigue. Órganos destrozados caen en un charco inmundo. Y sigue. Caminos de sangre coagulando recorren los músculos desembocando en los pies colgantes. Y sigue. La cabeza separada del cuerpo abierto en canal sonríe hasta que el hacha parte en dos su mueca de muerte. Se escucha a los niños reir y jugar. Es un día de fiesta. Divertido balón la vejiga del cerdo.

LA LIBRERA

LA LIBRERA

Mantenía el establecimiento abierto durante los ciclos de luna creciente, a pesar de los reiterados ruegos de su familia suplicándole que entrara en razón y desistiera. Ningún cliente había pisado la librería en su extraño horario nocturno, mas la mujer insistía en aguardar leyendo viejos tomos antiguos a la luz de un flexo. A la par que la superficie visible de la luna aumentaba, su romántica obsesión por la lectura crecía. También su estado anímico parecía afectado por el ciclo lunar. Encontraba en aquellas horas nocturnas el mejor momento para sumergirse en las paginas amarillentas. El mantener la tienda abierta le producía una ligera sensación de aventura; alguna noche de luna llena acontecería algo digno de una de las novelas que leía. Así fue como los dos delincuentes, pensando que encontrarían algo de dinero en la caja de aquel extraño local que abría sus puertas hasta altas horas de la noche, entraron en la librería interrumpiendo la amena lectura de su dueña. Con un disparo concluyó la aventura de su vida.

RUIDOS EXTRAÑOS

RUIDOS EXTRAÑOS
Despierto de un sueño intranquilo. Unos golpes resuenan en mi cabeza. Son las dos de la madrugada. El piso está vacío. La puerta y las ventanas permanecen cerradas a cal y canto. Intento conciliar el sueño. No tardo en dormirme. Impactos en mi sien me sacan de mi letargo otra vez. Me levanto de la cama con cierto nerviosismo. Es posible que alguien esté intentando entrar a robar. Enciendo la luz del pasillo y ojeo en todas las habitaciones. Tras cerciorarme de que estoy solo me acuesto una vez más. Antes de pegar los párpados me sobresalta el mismo ruido. Me empiezo a mosquear. No sé bien de donde procede pero lo escucho perfectamente. Inspecciono los espacios de debajo de la cama, los armarios grandes y los ángulos muertos. Me fumo un cigarro en unas pocas caladas y me acuesto con el sabor a humo en el paladar. Minutos después escucho el martilleo. Tengo la certeza de que es algún vecino impertinente e incívico. Golpeo repetidamente la pared como réplica, intentando hacerle ver que está molestando. Parece surtir efecto, pues tengo quince minutos de tranquilidad. Ya no puedo conciliar el sueño pero me quedo intentándolo en la cama.
Pego un bote al oír los ruidos, esta vez más fuertes. El corazón se me acelera de la furia. Estoy muy cabreado. Cojo el palo de la escoba y golpeo con violencia las paredes y el techo. Espero que les sirva de aviso y paren de molestar. Una voz profunda surge del otro lada de una pared.

- ¿Qué coño haces? – grita enfurecida la voz.
¿Qué qué coño hago? Encima parece ofendido, con la noche que me está haciendo pasar. No pierdo el tiempo en contestar. Creo que será suficiente con eso. Se dará por enterado y me dejará en paz. No me gusta discutir, y menos a estas horas de la madrugada. Todo se calma y vuelvo a la cama tras darle dos chupadas rápidas a un pitillo. No pasan más de dos minutos cuando los golpes vuelven a atronar en mi cabeza. La ira ciega mi mente. Empiezo a chillar como un loco sin ni siquiera levantarme.
- ¡Maldito cabrón hijo de puta! Como me entere de quién eres te arrancaré la cabeza. ¡Desgraciado mamón! – cuando se me dispara la lengua no puedo parar.
Estoy rabioso. Noto como la saliva se torna en espuma y chorrea por mis comisuras. Sigo con mi sarta de improperios.
- ¡Ojalá te revientes, hijo de mala madre! Ya te pillaré, ya..
El tono de mi voz aumenta por momentos. Grito como un poseso hasta que me quedo exhausto y desahogado. Por fin me quedo dormido.
Me despierta el timbre de la puerta. Lo que me faltaba. Ahora vendrá algún vecino a pedirme perdón con el rabo entre las piernas. Meto la cabeza bajo la almohada y lo ignoro. Pero el pesado que hay en el umbral insiste una y otra vez. Finalmente me levanto, me pongo una camiseta y abro la puerta.
- Estabas avisado. Ven con nosotros.
Dos agentes de la policía local y un señor de blanco me acompañan hasta una furgoneta. Durante el trayecto los extraños ruidos siguen torturándome.

¿CIELO O INFIERNO?


No supo exactamente cual fue el punto de inflexión entre la vida y su muerte, pero el infierno se le antojó celestial al ver mitigado el dolor de su cuerpo mortal y serle permitido conservar los recuerdos de una intensa existencia. Sonreía mientras ardía infinitamente, evocando imágenes en su mente. Enfurecía a los demonios gravemente con su felicidad, hasta tal punto que fue enviado al cielo. Allí pronto se olvidó de quién fue, rodeado de todo lo deseable, y pasó el resto de la eternidad inmensamente infeliz.

EL PERRO DE CAZA



Cuando lo llevó a casa por primera vez todos se quedaron encandilados, observándolo con la boca abierta y una mirada casi tan tierna como la de una madre hacia su hijo recién nacido. El cachorro de pointer era de algodón. Metido en una cajita de cartón con agujeros, sus ojos parecían transmitir la tristeza de una prematura separación de su madre. A toda la familia le  gustaba, aunque la madre pronto disimuló, recreando en su mente la faena que aquel cachorro le iba a dar durante las semanas siguientes. Los niños pequeños pronto se encariñarían con el animal, como con todos los anteriores. Aunque poco a poco se iban haciendo a la idea de que sólo estaría con ellos aproximadamente un mes. Después, sería ya lo suficientemente grande para ir a la perrera, con los demás perros de caza.
Pasados unos días y pasado también el miedo ante la nueva situación en la que se encontraba, el perrito se sentía realmente feliz. Los niños jugaban con él a todas horas. Su alimentación, a base de leche y jamón de york, algún resto de comida con sus primeros dientes. Habría sido un buen animal de compañía, avispado y fiel. Pero su finalidad no era aquella. Había sido concebido para ser un perro de caza, y así iba a ser criado. El padre advertía -No os encariñéis con él, sabéis que me lo llevaré pronto con los demás-, pero eso daba igual. El tiempo que pasara en casa sería una mascota mimada, no una herramienta de cazador.
Llegó el momento de llevárselo a la perrera. El padre lo cogió y se lo llevó. Sin más. Sin despedidas. Los niños ya acostumbrados, ni siquiera lo habían bautizado, seguros de que se llamaría tobi (en realidad tobi seis o tobi siete, pero se quedaría en tobi).
No durmió en toda la noche. Los demás perros lo olisquearon con poco interés durante las primeras horas, luego lo dejaron, ignorándolo completamente. El cachorro pasó toda la noche gimiendo, lloriqueando, lamentándose del cambio. Ayer durmió en una mullida cesta, hoy dormiría sobre tierra. Con suerte y valor conseguiría un trozo del camastro de paja. Pero ni iba a tener suerte, ni tenía valor. La noche fue fría. Por la mañana consiguió por fin dormir. Más bien el cansancio le obligó a dormir. Los ladridos y aullidos de los demás perros pronto le despertaron. Se sobresaltó. No sabía porque ladraban. Parecían poseídos. Saltaban con sus cuatro patas contra la malla metálica que hacía de jaula, daban vueltas sin parar en pequeñísimos círculos, se gruñían unos a otros. Él, asustado, se acurrucó en una esquina. De pronto, la puerta de la perrera se abrió. Fue como el pistoletazo de salida. Los presos se lanzaron a la carrera hacía el cubo que traía el padre, repleto de una sabrosísima mezcla nauseabunda de restos de comida, pan seco y pienso. Más parecían cerdos que perros, comiendo ansiosamente la deliciosa mezcla, gruñéndose por el mejor puesto ante el cubo, enseñándose amenazadoramente los dientes. Cuando el padre entró con la escoba y el cepillo a barrer la perrera, vio al pequeño y pensó –Ves espabilándote, pequeño, o te irá mal-. Después se alejó un poco con él en la mano, y le puso delante un plato con una papilla de pienso humedecido en leche. El pequeño, soñoliento y hambriento, comió, esta vez bajo la protección del amo. La visita duró quince minutos. A partir de entonces ese sería el tiempo de su permiso diario, exceptuando la temporada de caza, que sería recompensado con largos paseos por el monte.
Creció. Se acostumbró a su vida de perros. Se hizo un perro fuerte. Casi siempre conseguía comer de los primeros. Era buen cazador. Bonitas muestras, siempre al lado de su dueño, era buen buscador. Jamás echó a perder una pieza, que llevaba siempre obedientemente a la mano del amo.
Pasaron los años. El perro envejeció. Ya no tenía la misma vitalidad que antes. Los días de caza se convertían en interminables excursiones que dejaban sus viejas patas doloridas. Su efectividad en la búsqueda de presas iba disminuyendo gradualmente. Acostumbrado a su cautiverio, casi prefería estar en la perrera que pateándose el monte.
Aquel día era el último día que estaba abierta la veda de caza. Subió al carro con los demás perros. Se había convertido en el más veterano de la jauría. Apenas le quedaban dientes. Cuando llegaron al campo, se quedó mirando a su dueño, como de costumbre, esperando el momento de comenzar la cacería. El dueño lo miró. El perro sintió que la mirada de su amo escondía lástima, profunda tristeza. Un segundo después el sentimiento cambió. Ahora la mirada expresaba determinación. Había llegado el momento de dar fin a la vida del perro. La siguiente temporada ya no podría cazar. El cazador, indudablemente, sentía cariño por el animal. Pero era lo que tocaba. Así debía ser. No había espacio para un perro inútil en la perrera. Su muerte daría la posibilidad de criar a otro cachorro. El ciclo de la vida.
Presintiendo su trágico final tras tantos años de fidelidad, el perro comenzó a correr. El cazador lo miró, extrañado. -¿Qué le pasará?- pensó. El perro volvía la cabeza cada pocos metros. El cazador no lo llamó. Se quedó pensativo. Cogió su escopeta y apuntó. El perro se volvió a girar. Corría desesperadamente, comprendiendo que le perseguía la muerte. El cazador puso el dedo en el gatillo. Una lágrima se deslizo por su mejilla, cayendo en la culata del arma. El perro siguió corriendo. Desapareció en el horizonte. El cazador bajó el arma y comenzó la cacería. Aquel día no consiguió acertar ningún disparo.