CABEZA MENGUANTE



Aquel día cuando me desperté tras un sueño reparador y dejé pasar los ominosos segundos de vigilia que preceden a la conciencia, me di cuenta de que me ocurría algo. No sabía con exactitud dónde se encontraba el problema, pero mi cerebro no funcionaba con la habitual soltura, como si durante la noche se hubiera oxidado parte de mi maquinaria pensante. Notaba una ligera opresión en la parte posterior de la cabeza, y una pesadez de párpados inusitada, pues tenía yo, por norma general, un despertar muy activo. Froté mi nuca con la palma de la mano para, con el contacto, despertar la zona de un posible letargo y activar así su normal funcionamiento. No logré ningún resultado, excepto el de quedar todavía más preocupado por el asunto. Puede que se tratara solamente de una impresión mía, pero mi mano abarcaba más superficie craneal de la que acostumbraba. Miré mi mano con la esperanza de que en ella se encontrara el problema. Una mano hinchada me preocupaba a priori, bastante menos que haber perdido parte de mi capacidad craneal. Mis dedos parecían normales; el resto de la mano también se encontraba en perfecto estado. En un ataque de pánico repentino, intenté inútilmente visualizar la parte trasera de mi cabeza en el espejo del baño. A pesar de las extrañas y ridículas posturas que adopté, no logré encontrar un ángulo apropiado que me permitiera observar el problema. Me senté en la cama, con la intención de recapacitar pausadamente por un momento. Tras unos minutos de calma, llegué a la conclusión de que debía de tratarse de una impresión mía. Era una estupidez pensar en la posibilidad de que el tamaño de mi cráneo hubiera disminuido durante la noche. Más sereno, tranquilizado por la pequeña dosis de raciocinio esperanzador, bajé las escaleras, en dirección a la cocina. 

Tras un desayuno copioso, recojo apresuradamente la vajilla y sin perder un solo instante más, me siento en mi sillón. Tomo posición tranquilamente, fijando mi cuerpo en la hendidura exacta que tantos años me ha costado moldear. Una vez acomodado, enciendo mi pipa siguiendo el ritual que repito siempre tras cada comida, y en ocasiones, cuando me apetece. Una buena lectura es mi única compañera. En esta ocasión me adentro en los mundos lejanos de Lovecraft hasta que, a causa de la comodidad y el abundante desayuno, caigo dormido. Cuando despierto no se qué hora es, pero intuyo por la poca luz que entra por el ventanal de la sala de estar, que hace rato se marchó el mediodía. Me maldigo por lo improductivo que está resultando el día. ¡Con la cantidad de cosas que debería hacer! ¡La desidia se come mi tiempo, la pereza me roba la vida, la desgana destroza cualquier idea! Me levanto, dispuesto a contribuir activamente en el interesante proyecto que unos compañeros me explicaron, con el deseo de obtener mi ayuda. La extraña sensación en la parte posterior de mi cabeza no solo no ha desaparecido, sino que se ha convertido en una molesta quemazón. Antes de salir hacia el despacho tengo que ponerle solución a este malestar, pues me impide pensar con la lucidez propia de mi alta especialización e inteligencia. Con el torso desnudo y la cabeza en el interior de la bañera, abro el grifo y una lluvia helada estremece mi cuerpo. Me siento reconfortado, aunque sigo preocupado por el singular mal que me adolece. Me apresuro a vestirme y salir hacia el trabajo, pues temo que si me entretengo en mi sillón y con mi pipa, veré caer la noche sin haber hecho absolutamente nada. 

He estado ausente durante toda la reunión. No he podido aportar nada productivo, pues mi capacidad de razonar se ha visto mermada por alguna causa que desconozco. El dolor de mi nuca prevalece. A pesar de que siento como mi cabeza decrece por momentos, los demás no parecen darse cuenta de ello, salvo cuando pasan un rato dialogando conmigo. No consigo mantener el hilo de ninguna conversación. Presiento que los demás se han percatado de mi dolencia y me evitan. ¿Por qué reclamaron mi ayuda si ahora me repudian? ¿Acaso tengo yo la culpa de que mi cabeza esté menguando? 

De camino a casa la atención que me presta la gente se hace evidente. Miradas furtivas, repletas de animadversión y recelo, evitan mi mirada directa. Yo mismo rehuso la presencia humana. Siento vergüenza al mostrar mi cabeza reducida, aunque no tengo muy claro si los demás son capaces de percatarse de ello. En cualquier caso, notan algo anómalo en mi actitud. Mi comportamiento huidizo y antisocial no tiene ningún fundamento, pero me es totalmente necesario. Ansío furiosamente el momento de esconderme, encerrado en mi hogar. Allí no me sentiré observado y pensaré cómo ponerle solución a mi problema.

Cuando llegué a casa desapareció súbitamente mi conducta reservada. Allí reinaba mi voluntad. Me daba igual el resto del mundo. Me senté en el sillón con mi pipa, y me puse a pensar. Por fin encontré la respuesta a mi enfermedad. Noté cómo con cada calada mi cabeza perdía volumen. Ahora lo veía con claridad. El humo tóxico inhalado nublaba mi mente. Percibí cómo con cada bocanada de vapores canábicos mis conexiones nerviosas se paralizaban. El flujo de mis pensamientos se obturaba, estrechándose tras cada exhalación. Aún así mi entendimiento tuvo el acierto de hacerme ver dónde se hallaba el problema. Frustrado ante mi idiotez y decepcionado conmigo mismo, apagué mi pipa y me deshice de mi condena autoimpuesta al instante. 

Recuerdo aquellos tiempos como el sueño de un niño asustado. El cerebro humano es maravilloso y en primer plano quedan siempre las buenas experiencias. Ver mermada la capacidad de retener imágenes y conceptos resulta difícil de comprender con la mente nublada, pero es obvio con la lucidez de la serenidad. La falsa felicidad, la invisible cadena, el lastre de estupidez irremediablemente portado, la pasión destructiva de tu propio yo; todo demasiado idiota para mí, demasiado idiota para cualquiera.

RAJHUTHUML



RAJHUTHUML

1
Lo más curioso de la incomodidad consiste en no darse cuenta de ella hasta que no te mueves, al igual que el frío se hace más palpable cuando entras en un lugar caldeado. Las espinas de la vida cicatrizan clavadas y, cuando se las toca, vuelven a doler o remueven algo en el interior que altera nuestro comportamiento habitual. El pasado, pasado está y hay cosas que si no salieron a la luz en su momento es porque están mejor ocultas. Otras, en cambio, permanecen olvidadas, pero encierran en sí mismas la certeza de que afloraran de alguna manera a la superficie de esa cuarta dimensión a la que llamamos tiempo.  Las cadenas que enlazan los acontecimientos pueden permanecer atadas durante largos periodos, mas cuando esos grilletes están forjados con material dúctil y maleable, las repercusiones que pueden perpetrar en el futuro son proporcionales a la tensión a la que han sido sometidos.
Desconozco por qué mi abuelo Nicasio había dejado de pescar de manera drástica y, ahora que tardíamente yo he heredado su afición, me pregunto si la desaparición de mi tío abuelo Florisel tiene algo que ver con el asunto. Mis pesquisas comenzaron tras encontrar una vieja caja de zapatos repleta de recortes de periódico. Yo buscaba entre los aperos de captura antiguos algún anzuelo o carrete reutilizables, objetivo que conseguí, pues encontré una caña en bastante buen estado y un maletín de plomos y moscas hechas a mano que me servirían. En la más baja de las polvorientas estanterías del trastero, no sabría decir si medio escondida o queriendo en parte ser mostrada, reposaba la caja que se ha convertido en el principal quebradero de cabeza de mi vida.

Heraldo de Aragón, 22 de Noviembre de 1952
La construcción del pantano ha dado comienzo. El Señor Alcalde de Motrillas del Río colocó ayer por la mañana la primera piedra de la presa que creará el pantano de Lavacarbón en la comarca turolense, quedando así inaugurada la obra de mayor envergadura llevada a cabo en la historia de la provincia. Centenares de vecinos de los pueblos colindantes se han congregado ilusionados para ser testigos del acto. La presa abastecerá los cultivos y potenciará la economía de la zona, permitiendo la apertura de negocios dedicados al ocio estival, con actividades como la pesca y el piragüismo. El Señor Alcalde declaró con sus palabras que se siente muy orgulloso de ser el responsable de las negociaciones llevadas a cabo con el gobierno central para realizar este ambicioso proyecto…

Sé por mediación de mi madre que mi abuelo desaprobaba la obra por varios motivos, aunque el que más le molestaba era sin duda el relativo a la pesca. A él le gustaba tanto la captura a mano del barbo como el uso de la caña para percas y lucios. El dique acabaría con el trozo de río en el que llevaba toda la vida pescando y a la vez atraería a nuevos pescadores. Gente de fuera que, según mi abuelo, no respetaría el entorno. Otro motivo por el que desechaba la operación era el desalojo de Las Barriadas del Río, barrio de Motrillas afectado por las obras. Creo entender que tenía amigos allí. Aunque eran menos de trescientos vecinos, veía injustas las expropiaciones forzosas que habían sufrido. Aún así continuó con su afición. Buscó un trozo de ribera tranquilo, más arriba del pantano, y lo visitaba con asiduidad. Nunca echaba la caña en las aguas estancadas de más abajo. Mi madre pensó durante algún tiempo que era por principios, o eso quiso decirme cuando yo le preguntaba,  pero con los insólitos descubrimientos que he hecho, me asaltan las dudas. Empiezo a creer que tenía miedo.

Diario de Teruel, 28 de Marzo de 1953
Un centenar de personas, vecinos de Motrillas, más concretamente de Las Barriadas del Río, se han manifestado este fin de semana contra la construcción de la presa de Lavacarbón, la obra más importante de la década en Aragón. El grupo ha sido reprendido por la Policía Nacional cuando ha comenzado a causar desperfectos en la maquinaria de la empresa adjudicataria. Dos excavadoras han resultado incendiadas, siendo necesaria la intervención de los bomberos. Hay un desaparecido, dos detenidos y tres heridos leves, entre ellos un agente de la autoridad que intentaba rescatar a un joven que se tiró voluntariamente al río. Aunque la búsqueda aguas abajo continúa son pocas las esperanzas de encontrar al chico con vida.

Llevo tiempo sin ir al pueblo, pues trabajo y vivo en la capital, pero mi obsesión por el tema está mermando mi capacidad para conciliar el sueño. Este fin de semana voy a visitar a algunos viejos amigos para recabar información. De camino paso por la carretera cercana al pantano. Pistas forestales de tierra apisonada se adentran en un espeso bosque de encinas que apenas deja entrever alguna mancha de agua oscura entre sus hojas. Recuerdos de mi juventud afloran en mi memoria. ¿Cuántas tardes he pasado a la orilla del lago artificial pescando, bañándome o simplemente charlando con los amigos tomando unas cervezas? ¿Cuánto tiempo he vivido ajeno a todo el dolor causado por aquella masa de agua que siempre había considerado algo benévolo y positivo para el pueblo? ¿Por qué la generación de mis padres no quería ni oír hablar del tema y miraba siempre hacia otro lado? Si hubiera sido peligroso nunca hubieran dejado que nos acercáramos. Recuerdo el día que Adam sondeaba la profundidad del agua con una larga vara de álamo. Tendríamos unos diez u once años. Uno de nuestros entretenimientos favoritos consistía en jugar a ser exploradores y un lugar como aquel alimentaba nuestra imaginación de manera superlativa. Habíamos encontrado un trozo de ribera al que sólo se lograba acceder cruzando una franja de zarzales de unos diez metros de ancho. Abandonamos nuestras bicicletas en el bosque y luchamos contra las impertinentes espinas hasta alcanzar el agua. Alberto y yo contábamos historias sobre anacondas y cocodrilos, viajando con la mente a los mundos de London y Ende. Mientras Adam, siempre más práctico, comprobaba el nivel del agua para ver si nos podíamos bañar. Sucedió rápido. Un fuerte crujido y Adam se zambulló involuntariamente en el líquido cenagoso. El palo no resistió su peso o, al menos, eso creímos Alberto y yo, que nos estuvimos mofando de él todo lo que quedaba de día. Él en cambio adquirió una actitud tosca y sólo hizo un comentario sobre que algo había rozado su rostro durante los segundos que nos costó tenderle otro palo e izarlo. Por supuesto no le creímos.
Aparco el coche y voy directo al bar de la calle principal, donde nos reuníamos cada fin de semana a contar batallas. Espero tener suerte y encontrarme con Jhony. Sé que tiene ascendencia en Las Barriadas.
No han pasado los años por él. Jhony juega a las cartas con otras dos personas cuya cara ni me suena. Se levanta al verme y, tras un efusivo abrazo, nos alejamos a una mesa retirada en el fondo del establecimiento. Me siento como el extraño que soy a pesar de estar en el lugar donde me crié, así que, después de las preguntas típicas entre dos amigos que llevan años sin verse, voy directo al grano. Me confirma que un primo hermano de su madre era de Las Barriadas, pero antes de continuar me informa de la nefasta situación económica por la que está pasando. La amistad no dura para siempre y esto me va a costar dinero. No me importa.
—¿Conoces  a alguien de Las Barriadas? Ya te respondo yo. No. Nadie conoce a la gente de allí. Todos se marcharon. Les afectó mucho la inundación de sus casas y no quedaron conformes con lo que les daban a cambio. Prefirieron romper con el pasado y huir de aquí. —La voz de mi amigo no mostraba ninguna emoción—. Mi familia materna era de allí. Cuando empezaron a llenar el pantano se fueron y nunca hemos vuelto a saber de ellos. Yo no sabía nada del tema hasta que vino a visitarme un primo lejano. Me explicó que no había tenido suerte en su nueva vida y que no tenía donde ir. Lo alojé unos días en mi casa. Le di de comer. Cuando le pregunté por el resto de la familia se echó a correr y no lo volví a ver hasta que su cadáver apareció ahogado en la orilla del pantano. Todo esto sucedió hace más de un año. He estado buscando a mi familia desde entonces para comunicarles la noticia de su muerte, pero no lo he conseguido.
—Quiero que veas algo —digo sin pensar.
Del bolsillo de mi chaqueta saco una nota de las que encontré en la caja de mi abuelo. El papel se halla muy deteriorado, pero su letra manuscrita todavía es perfectamente legible.
“No sé a quién acudir. La culpa me corroe pero, ¿qué podría haber hecho yo? Le dije que se viniera a vivir conmigo, que no me importaba. ¡Maldito tozudo! Se pensaba que aquel atajo de locos iba a solucionar el problema. ¿En qué estaría pensando? Siempre tuvo la cabeza llena de pájaros, pero nunca pensé que llegara hasta ese punto. Espero que Dios los perdone.”
La nota está sin firmar. Solamente un tosco dibujo adorna la parte posterior del papel.
—Sígueme —dice Jhony cogiendo su chaqueta apresuradamente y saliendo del local sin darme tiempo a guardar ni siquiera de nuevo el papel. Marcho tras él. Nos encaminamos a las afueras de Motrillas.



2
—La vida en el pueblo ya sabes que acaba convirtiéndose en rutinaria y aburrida. Tras mi divorcio pasé una temporada muy dura emocionalmente hablando. Tan solo conseguía evadirme dando largos paseos acompañado de mis dos perros. Las caminatas duraban horas. A veces se nos hacía de noche. En una ocasión marchábamos por la vía antigua, la que conduce a los lavaderos de carbón. El sol apenas se veía y hacía mucho frío. Yo apresuré el paso para llegar a casa cuanto antes, pero Chuca se entretuvo en una de las entradas a la mina. Llevan casi cien años cerradas, ya lo sabes. Al principio pensé que se trataría de algún tejón o una raposa. Pero al acercarme para reprender a Chuca, escuché unos sonidos muy raros. La perra aullaba y gemía como nunca antes lo había hecho. Casi llegó a asustarme. Como en esos momentos albergaba la sensación de que mi vida no merecía la pena y de que tenía poco que perder, no dudé en romper los tablones que impedían el paso. La tenue luz del atardecer irrumpió en la gruta, disipando vagamente la oscuridad. Un ruido de pasos húmedos se perdió en el agujero negro que conducía a las galerías inferiores. El aire parecía ulular una palabra extraña: Rajhuthuml. El sonido reverberaba en mi cabeza y durante unos segundos quedé sordo. Rajhuthuml retumbó en mi mente hasta quedar grabada. Los perros no se atrevieron a seguir a lo que fuera aquello. Danzaban nerviosos a mi alrededor. Son perros de caza y no temen ni al más fiero de los jabalíes. A pesar de la escasa luz pude distinguir un símbolo dibujado en la pared. Parecía escrito con una mezcla de barro y sangre. Desprendía un olor nauseabundo a agua estancada. Tuve que retroceder porque comenzó a faltarme el aire, seguramente a causa de alguna bolsa de monóxido de carbono, pensé. No existe mayor ciego que el que no quiere ver. Evité pasar por allí en mis paseos. Traté de convencerme de que alguna cuadrilla de chavales lo utilizaba de peña. La explicación no me terminaba de convencer, pero no le quise dar más vueltas al asunto. Nunca había visto aquel dibujo. Estoy seguro de que era el mismo que el estampado en tu papel.
La historia de Jhony me ha dejado sin habla. El símbolo ha dominado mis sueños desde la primera vez que lo vi. Consiste en un óvalo cuyo interior alberga en la parte superior algo parecido a cuatro alas de libélula. Éstas se encuentran pegadas en el centro de la elipse a una mancha amorfa, de la que sobresalen por la parte inferior cuatro rectángulos de igual tamaño. No tengo ni idea del significado que puede tener, si es que esconde alguno.
Tardamos poco en llegar al lugar del que mi amigo acaba de hablar. Entramos a la mina. Un fuerte olor a pescado en descomposición nos dibuja en el rostro una mueca de asco. Un manto de espinas nos da la bienvenida a cada paso con crujidos sordos. La galería desciende con una inclinación cada vez más pronunciada. La oscuridad en aquel horizonte subterráneo es total. Solo pensar en los horrores que podría albergar aquel abismo me llena de pavor. Parece que la gruta orada la Tierra hasta su núcleo, alcanzando el mismísimo infierno y permitiendo de un momento a otro salir a los demonios en él encarcelados. Mi imaginación, la realidad y la locura se funden en una amalgama de formas y recuerdos que yo no he vivido, pero que están en mí. No veo la cavidad como un túnel, sino que se presenta ante mí como una puerta que no debemos cruzar bajo ninguna circunstancia. Sé que no es posible pero, ¿dónde está toda la gente desaparecida de Las Barriadas? ¿Emigraron realmente? ¿Qué significado tiene la nota y el extraño dibujo? No me atrevo a adentrarme en la insondable oscuridad. El olor es tan intenso que pronto dejo de olerlo; va directo a mi cabeza, produciéndome un dolor agudo en la sien. Algo en mi interior me dice que tenemos que huir de allí. Hago gestos a Jhony para que se dirija a la salida. Una vez que hemos recuperado el aliento y la compostura, Jhony me invita a pernoctar en su casa. Tengo que poner en orden toda la información que poseo. Repasaré las notas de prensa y las compartiré con Jhony.

          La Gaceta Local, 20 de Enero de 1955
          La gente se ha encerrado en sus casas y la policía ha cejado en su empeño por evacuarlos. Las compuertas de la presa han sido cerradas y la inundación ha comenzado. ¿Nadie va a hacer nada por esa pobre gente? Aunque muchos hayan perdido la cordura y abracen una fe radical y extraña, ¿no siguen siendo nuestros vecinos?

          El País, 14 de Julio de 1979
          Siluros asesinos. El pantano de Motrillas vuelve a ser noticia: J.M.R., de 38 años de edad y experto pescador,  fue engullido ayer por sus aguas. Su acompañante ha declarado que algo tiró de su sedal con tanta fuerza que no le dio tiempo a acercarse para echar una mano. Informa de que media hora antes habían sacado un gran siluro de más de dos metros de largo y unos doscientos kilos de peso. Los buzos de la policía han visto imposibilitadas sus labores de búsqueda debido a la opacidad de las aguas. El lodo y las algas no dejan ver a más de un metro de distancia. Se trata de la cuarta víctima que se cobra el pantano en la última década.

          —Mi madre siempre me dijo que no me acercara al pantano de noche, pero creía que era mero instinto maternal.
          Jhony me mira, incrédulo.
          —Mañana cogemos linternas y exploramos esa gruta.
          Un escalofrío recorre mi cuerpo. El simple recuerdo de aquel lugar infecto me revuelve las tripas, y también los pensamientos. Al ver mi rostro Jhony pregunta:
          —¿Acaso no quieres conocer el pasado de nuestro pueblo y de nuestras familias?
          Está emocionado. Parece disfrutar con esto, al contrario que yo.
—Está bien. Voy a intentar dormir un poco. Estoy agotado.



3
          A las ocho de la mañana nos encontramos dispuestos para entrar en la mina. Linternas, cuchillos, cuerdas, teléfonos móviles y mochilas con comida componen nuestro inventario. Por un momento siento la excitación de cuando era niño y jugaba a los exploradores, pero pronto se torna en miedo: en cuanto introduzco mi cuerpo por la apertura. El aroma a pescado se mezcla ahora con una peste densa a agua putrefacta que roza la toxicidad. Cruzamos la frontera, marcada por la escasa luz que logra sobrepasar el umbral, y nos adentramos en un submundo ajeno a la misma tierra donde está excavado. Nuestras linternas iluminan las paredes. El misterioso símbolo está dibujado por doquier, haciendo del túnel la Capilla Sixtina de las profundidades. Los dibujos trazados, adyacentes unos a otros y de distintos tamaños, son siempre de los mismos tonos cromáticos, ocre y bermellón, mezclados en distintas proporciones. Un rumor similar al vaivén del mar proviene de más abajo. A nuestros pies, espinas y cabezas de peces se alternan con huesos de otros animales, tan mellados y astillados que resultan irreconocibles. El óseo manto impide que nos movamos en silencio. Avanzamos callados, atentos a cada tétrico detalle. Intento no pensar en qué andamos buscando, pero una y otra vez el instinto de supervivencia me dice que corra hacia la salida.
Jhony va delante con paso firme. Una bifurcación nos hace detener nuestra incursión. El corredor principal sigue bajando. A la izquierda se abre una antigua veta de hulla a medio explotar. Ilumino el interior con la linterna. Hay una caja de dinamita, destinada a reventar el filón y extraer el resto de la roca. Me arrastro hasta ella y añado cinco cartuchos a mi equipaje. Continuamos el descenso. El gradiente geotérmico perla nuestras frentes con gotas de sudor, que rápidamente se deslizan para perderse entre los restos animales. El agobio y la turbación son cada vez mayores y pronto podemos escuchar nuestras respiraciones rápidas, casi jadeantes. Intercaladas con el símbolo aparecen ahora representaciones que dejan blanco incluso al valiente Jhony. Figuras humanoides con extrañas deformaciones bailan alrededor de enormes peces. Cuerpos bípedos escamosos terminados en cabezas de pez gato mordisquean barbos y truchas. Personas con extremidades quitinosas en forma de pinza destrozan anfibios y reptiles cuya sangre es derramada en un charco amorfo y oscuro. Las pinturas son lo más grotesco que he visto nunca. Su estilo, de trazo sencillo pero muy expresivo, me resulta desconocido. Unas parecen recién pintadas, otras juraría que son tan antiguas como las pinturas rupestres más rudimentarias descubiertas en la historia. Cada una me produce más horror que su predecesora, pero soy incapaz de dejar de mirarlas. Ilumino la siguiente en cuanto he visto la anterior, como si de una película se tratara. Corro fuera de mí, desenfrenado hacia una respuesta que no sé si quiero conocer. Jhony me grita algo que no logro escuchar. Seres achaparrados con brazos humanos y rostro de pez transportan cadáveres hasta una mancha infame en la que solo pueden verse oscuridad y dientes. El charco deforme aumenta de tamaño en cada dibujo. Sigo avanzando. La mancha ocupa ahora íntegramente la pared. Ha desplazado al resto de figuras, reclamando el papel principal de la obra. Toda la galería es de un color negro que absorbe casi la totalidad de la luz de mi linterna. Preso del pánico, busco desorientado el camino de vuelta. Las tinieblas me envuelven. Todos mis sentidos están eclipsados por la negrura. Decido salir corriendo hacia el frente, como una res encaminada en los toriles, confiando en que la suerte no me lleve al matadero. De repente me doy cuenta de que camino sobre fango. Mis botas se hunden a cada paso y son cada vez más pesadas. Me detengo a observar los dibujos de la pared rocosa. De nuevo el símbolo acapara la mayor parte de la caverna artificial. Por un momento pienso que he regresado. No puede ser. Este barro no estaba aquí antes. Además no hay ni rastro de Jhony. Sigo avanzando o retrocediendo con la esperanza de salir de aquella catacumba infernal en la que me he metido voluntariamente. Algo golpea mi empeine y detiene mi carrera en seco, haciéndome caer de bruces. Espinas y huesos rotos hieren mi cara en varios puntos, pero estoy tan asustado que no presto atención a las heridas. Apunto con mi linterna hacia el objeto que me ha derribado. Es la mochila de mi amigo. ¿Dónde se ha metido? ¿Qué le ha pasado? Los acontecimientos me sobrepasan. Me siento mareado y casi no puedo pensar. Al lado de la mochila abandonada hay un reguero de sangre y barro. Alumbrando con la luz convulsa de mi linterna, sigo el aciago rastro, de vuelta a las profundidades. Doy solo unos pasos cuando las huellas giran bruscamente a la derecha. ¡Hay más bifurcaciones y no me he percatado! No sé lo que hacer. Si sigo adelante puedo estar caminando hacia mi muerte, pero no puedo dejar a Jhony solo. Aunque la sangre probablemente sea suya, me armo de valor y decido seguir el reguero de sangriento y cenagoso. Mi determinación dura poco rato. A escasos metros la cantidad de sangre es ingente. Trozos de víscera, carne y piel dan volumen al horrendo espectáculo. Rajhuthuml. Oigo unos ruidos acuosos imposibles de transcribir. Rajhuthuml. Es demasiado para mí. Doy media vuelta todo lo rápido que me lo permiten mis piernas temblorosas y corro convencido de que la muerte me pisa los talones.
          El tiempo que he pasado dentro de la mina me ha parecido un instante pero, cuando por fin llego a la salida, me están esperando las estrellas y la luna llena. No dejo de trotar aun con el aliento justo para seguir viviendo. Tengo un propósito claro. A un par de kilómetros de distancia se encuentra la presa y yo tengo cinco cartuchos de dinamita en la mochila. Voy a acabar con esto de una vez por todas. Voy a hacer desaparecer el maldito pantano que nunca debió construirse. Tardo casi  media hora en llegar a la ribera posterior al dique. Un barranco considerablemente profundo me separa de mi objetivo. Ato mi cuerda al tronco de un árbol y haciendo rápel desciendo hasta el nivel del agua. Con mis manos, quemadas por el roce de la soga, dispongo los cartuchos lo más próximos posible a la gruesa pared de hormigón que retiene los secretos más retorcidos y abominables que se puedan imaginar. Enciendo la mecha. Espero que estos viejos explosivos sean suficientes.
          Una tromba de agua y roca se precipita encima de mí y me arrastra irrevocablemente. La poderosa corriente arranca a su paso árboles, ensanchando el cauce del río. Antes de morir ahogado puedo ver una mole amorfa. Su tamaño gigantesco me hace pensar que el agua del pantano casi no era suficiente para ocultarle. Mueve dos pares de alas colosales y esperpénticas con las que no consigue volar. Sus cuatro patas paquidérmicas avanzan lenta pero inexorablemente torrente abajo, camino de su nuevo hogar: el mar. Un séquito de un centenar de figuras humanoides acompaña al ciclópeo engendro. Exhalo tranquilo mi último aliento, con mis dudas resueltas y agradecido de no tener que seguir enfrentándome a un mundo en el que existen criaturas como estas.

POLÍTICA TRIBAL



POLÍTICA TRIBAL

Observo con profunda tristeza cómo los miembros de mi tribu se matan entre sí para lograr obtener la bendición de la caracola. Desde mi posición elevada consigo distinguir a Guil sosteniendo el preciado objeto por encima de su cabeza, perdiendo la fuerza y, poco a poco, la vida por la herida que Rot le ha practicado en el costado. Fisn se abalanza sobre los cuerpos que pugnan por alcanzar el esqueleto idolatrado del molusco, blandiendo un garrote que maneja con maestría. Rompe un par de cráneos antes de que la concha termine de caer y con su mano libre la atrapa, asiéndola por una de sus muchas puntas coralinas. Toma consciencia de que se acaba de convertir en el blanco de todas las miradas, y también de la totalidad de las armas disponibles en el terreno de juego. Rot, que partía como favorito, no va a ser capaz de llegar a tiempo de evitar que Finc pose sus labios en la caracola y la haga sonar. En un intento desesperado agarra una piedra, pues su lanza yace al lado del cuerpo de Guil, y dispara su brazo como un látigo. El trozo de roca sale a toda velocidad de su mano, girando sobre sí mismo. Parece un tiro perfecto hasta que en el último instante todo el mundo enmudece. La piedra no ha conseguido romper los dientes de Finc, ni siquiera abrirle una brecha en la cabeza. Rot acaba de infringir la única norma del juego, aquella ley que lo va a llevar a la muerte por haber dañado la caracola. No existe reglamento, salvo la pena de muerte para aquel que dañe la concha sagrada. Todos los ojos quedan clavados en Rot, incluidos los míos. Finc intenta mantener los pedazos del molusco entre sus dedos, tarea que resulta imposible. Ahora las miradas se alternan entre el futuro cadáver que ha quedado petrificado, y los restos del caparazón rosado. El consejo de sabios se ha puesto en pie. La gente empieza a jalearse. Parece que no ha sido suficiente la sangría y piden que se cumpla la ley. Desde que soy el jefe de la tribu nunca había ocurrido esto y me siento desconcertado. Una de mis últimas acciones ha sido intentar suprimir estos estúpidos juegos que merman la fuerza de mi ejército. Pero el pueblo no consintió que le privaran de su entretenimiento. Casi me cuesta el puesto, y el cuello. Bajo con paso firme de mi estrado, utilizando mi bastón de mando como apoyo auxiliar para aliviar algo de peso de mis viejas y enclenques piernas. Cuando llego al terreno de juego, todos están esperando mis palabras, aunque el silencio no es absoluto, ya que no gozo de demasiada popularidad. Sin decir nada meto la mano en mi bolsa, cojo lo que estoy buscando con los dedos y lo muestro en alto, desafiante. La pluma negra anula los juegos y todo lo que en ellos haya sucedido, obligando a ser repetidos a los trece días de ser mostrada. No sé si ha sido buena idea, pero es la única manera de ganar tiempo que se me ha pasado por la cabeza. Rot llora, desconozco si de alegría o porque acaba de salir de su estupor tras romper el sagrado ítem. Mi fama de jefe demasiado blando acaba de aumentar unos cuantos puntos. La gente se dispersa, descontenta. Tampoco el consejo de sabios me apoya, pues todos giran la cabeza cuando busco su aprobación con la mirada. Presiento que mis días al frente de la tribu están llegando a su fin.
Esa misma noche unos cánticos en el exterior de mi choza me arrancan de mis sueños inquietos. Las luces de las antorchas dibujan siluetas en las paredes de paja, figuras encorvadas que reconozco al instante. El consejo de sabios ha reunido a la tribu en torno a mi habitáculo. Yo les había estropeado la diversión. Ahora me convertiré en su entretenimiento por una noche, al menos mientras mi débil cuerpo soporte las torturas a las que voy a ser sometido. Salgo por la puerta con la cabeza erguida. Siento pena, más por ellos que por mí. Yo ya soy viejo y sabía que esto podría pasar tarde o temprano. Les he dado la oportunidad de dar un paso hacia delante en la civilización, de dejar atrás rituales absurdos e infructíferos que no benefician en nada a nuestro pueblo. Ha sido inútil. Han elegido quedarse más cerca del lado animal, negando la gran capacidad que nos ha sido otorgada a los hombres. El entretenimiento salvaje y el ocio sangriento están en contra de la evolución, y ahora que veo de cerca la muerte, miro a la cara al consejo de ancianos y me voy de este mundo con la certeza de que ellos lo saben y es lo que desean.