VI Concurso homenaje a John William Polidori



Dejo aquí el enlace al relato que presento a concurso. Recordad que podéis votar por éste relato o por cualquier otro si os registrais (gratuitamente) en la web Ociozero:




EL ALMA DEL DOCTOR FRANKENSTEIN

Era noche de luna nueva, elegida a propósito por su negrura, cuando una sombra se deslizaba como un fantasma, ocultándose entre las lápidas del viejo cementerio. El Dr. Frankenstein, ataviado con altas botas y traje negro, además de una pala y un gran saco de lienzo a su espalda, buscaba en el campo sacro las piezas más propicias para sus experimentos. Los guardas parecían sospechar algo sobre sus prácticas nocturnas y últimamente tenía que moverse con sumo cuidado. Un señor de su categoría no se podía permitir ser relacionado con asuntos de tan baja naturaleza, pero todas las vías para conseguir su materia prima se habían agotado y desde hacía un tiempo, no encontró más remedio que hacerlo con sus propias manos.  Tenía varios ensayos pendientes en su línea de investigación paralizados por la falta de recursos. Aquella noche oscura debía encontrar algún cadáver en buen estado si quería continuar adelante con sus teorías. Se adentró un buen trecho, buscando un lugar escondido y, donde encontró las flores más frescas y la tierra recientemente removida, comenzó a cavar. Ya golpeaba el metal contra la caja, después de no poco esfuerzo, cuando un ruido le alertó. Se quedó paralizado, intentando agudizar sus sentidos.
— ¡Alto! ¿Quién anda ahí? la voz del guardia sonaba temblorosa, pues el turno de noche en el cementerio no era el más popular. 
El Dr. Frankenstein recogió sus cosas, y lo mas rápida y silenciosamente que pudo, huyó. Corrió durante un par de minutos, y cuando se detuvo a descansar y a comprobar si su perseguidor le seguía, se dio cuenta de que su carrera le había llevado hasta la parte antigua del cementerio. 
El candil del guarda, aunque lentamente, se seguía aproximando hacia su posición. Frankenstein, temiendo por su reputación no dudó en meterse en un mausoleo medio derruido que encontró abierto, con la esperanza de que no se atreviera a seguirlo hasta allí. 
Un escalofrió recorrió su espalda en cuanto entró a aquel lugar lóbrego y húmedo. El tejado resquebrajado dejaba entrever la oscuridad del cielo, ligeramente más clara que las tinieblas del interior de la estancia. Anduvo unos pasos hasta que se topó con unas escaleras que descendían. Dispuesto a esconderse en el mismísimo infierno para evitar ser descubierto, bajó tanteando el suelo con sus botas y apoyándose en ambos lados de la pared. El ambiente agobiante de lustros sin ventilación se introdujo en sus fosas nasales hasta casi hacerle vomitar. La humedad se mezclaba con el olor a podredumbre convirtiendo la atmosfera en algo prácticamente irrespirable.
— ¿Quién osa interrumpir mi trabajo? preguntó una voz gutural.
El reflejo inmediato del Dr. Frankenstein fue salir corriendo, pero tropezó.
— ¿Quién eres?preguntó desde el suelo, entrecerrando los ojos para intentar percibir algún atisbo de silueta.
— ¿Que quién soy yo? ¿Quién eres tú que te atreves a visitar este lugar en vida? Solamente los muertos llegan hasta aquí y yo vengo a acompañarles en su último viaje. ¿Qué es lo que vienes a buscar? 
Posiblemente lo mismo que usted...
— ¿Qué? ¿Osas mostrarte como competidor de Caronte? ¿Acaso deseas acompañarme, navegar junto a mí por la Estigia y encomendar tu alma a Hades?
Unas rendijas titilantes como velas de luz blanca iluminaron la sala con un leve resplandor. Ante Frankenstein se dibujó una figura encorvada cuyos ojos emitían aquella luz. Parecía la silueta de un anciano pero su tamaño delataba su origen infernal, pues aquel viejo le sobrepasaba al menos un metro. Detrás de él, una barca atestada de cuerpos en diversos estados de descomposición se tambaleaba en un mar inexistente, flotando en el aire viciado del mausoleo.
El Dr. Frankenstein no podía creer lo que estaba aconteciendo, pero su naturaleza pragmática y sus necesidades le animaron a intentar sacar partido de la situación.
No pretendía ofenderle señor. He venido a ofrecerle un pacto. Lo único que deseo es algún cuerpo  en buen estado, o miembros provenientes de distintos cadáveres. ¿Podríamos llegar a algún tipo de acuerdo?
Estos cuerpos y estas almas pertenecen al inframundo. Mi señor Hades dispone de ellas a su antojo. Yo no soy quién para negociar. Mi trabajo consiste en su transporte.
— ¿Podría usted hablar con su todopoderoso señor?
Él te está oyendo. Se pregunta que ganaría con tu trato.
Si mis experimentos llegan a buen término, podría ofrecerle un nuevo alma.
Caronte guardó silencio durante varios segundos, al cabo de los cuales sentenció.
Acabas de firmar un pacto con Hades. Si lo incumples, morirás y tu cuerpo y tu alma serán condenados a flotar eternamente sumergidos en la Estigia, sin ninguna posibilidad de redención. —hizo una pequeña pausa— Ahora acércame tu saco.
Mientras el doctor se aproximaba, estupefacto ante el rápido pacto que allí se había sellado, Caronte se inclinó sobre la barcaza y con sus enormes manos buscó entre la desdichada tripulación aquellos cuerpos que se encontraban en mejor estado. Como si arrancara flores sin ninguna delicadeza, descuajó piernas, brazos y cabezas estirando y retorciendo. Vísceras y órganos se desparramaban a sus pies en un espectáculo dantesco, que parecía cotidiano para él.
No te puedo ofrecer ningún cuerpo completo, pues su alma partiría con él. Aquí tienes.
El saco pronto se encontró repleto y sin despedirse, Caronte partió a bordo de su barca. Frankenstein salió con su botín. Empezaba a amanecer, pero no había rastro del guarda.

Encerrado en su laboratorio, el doctor empalmaba arterias, reubicaba órganos, organizaba vísceras, unía venas, recomponía músculos y cosía pieles. Tras varias noches de trabajo dio su labor por terminada y puso a punto toda su maquinaria.
Aquel ser construido de retazos de muerto respiraba. Su pacto demoniaco mereció la pena. Ahora solo tenía que ofrecer aquel horrendo ser al señor del inframundo para saldar su deuda. Mataría dos pájaros de un tiro, porque a la vez se desharía de aquel maloliente cadáver andante. Una vez demostradas sus teorías ya no lo quería para nada, y deshacerse de un cuerpo, más aún cuando éste respira, resultaba un problema bastante comprometedor. 
Esperó a la noche y llevando a su monstruo atado y amordazado, el doctor se dirigió al mausoleo. Confiado, bajó las escaleras y encendió el farol que portaba. No encontró nada. La estancia vacía rezumaba olor a muerte. Dudó por un instante. ¿Se habría equivocado de cripta? Se sentó en el suelo e instó a su creación a que le imitara, estirando de sus ataduras. 
Pasaron varias horas y ya se impacientaba cuando, traspasando la solida pared como si fuera de humo, apareció Caronte con su barcaza vacía.
Buenas noches señor. Le traigo lo que prometí. Una nueva alma y un cuerpo, engendrado con el material que me proporcionó.
Mi señor lleva rato observándoos. Tiene dudas. No está convencido de lo que le ofreces. ¿Qué te hace pensar que esta criatura que te acompaña posee un alma? 
Es un humano, y respira al igual que yo. No sé lo que es el alma pero estoy seguro de que debe tener una. ¡Respira! 
No todo lo que respira tiene alma. Jamás nos habíamos encontrado ante una situación similar. El desconcierto ha despertado la ira de Hades. Debéis acompañarme. Los dos.
Temeroso de desobedecer, subió a la embarcación. Caronte recogió a la criatura, ayudándole a trepar por la borda. Flotaron en descenso sobre las capas de la Tierra. Frankenstein no sabía si soñaba o ya estaba muerto. Al rato la marcha se estabilizó. Un suave oleaje mecía el bote. Desde las aguas, oscuras y turbias, se estiraban brazos deseosos de subir a bordo. Inmundas bocas intentaban aferrarse al casco sin ningún éxito y se volvían a sumergir en su eterno castigo. Caronte dejó de remar y alzándose, tomó en sus brazos al monstruo remendado, lo retorció hasta que las costuras cedieron y su contenido, perteneciente a docenas de cuerpos, se desparramó sobre la cubierta. Un leve quejido salió de la garganta podrida del desdichado ser y la vida que había brotado en él se apagó.
— ¡Has jugado a ser un Dios! ¿Ves lo que has creado? 
Caronte destrozaba los restos del monstruo, esparciendo sangre, huesos y carne podrida por doquier.
— ¿Dónde está su alma? ¡Dime! ¿Dónde está? ¿Acaso tú la ves? ¿De verdad crees que tienes poder para crear almas? 
El barquero agarró al doctor por el cuello y lo puso a la altura de sus ojos.
Pagarás con tu cuerpo y tú alma por lo que has hecho.
Con un gesto de desprecio, lo tiró por la borda hacia las aguas infestadas y el doctor Frankenstein se convirtió en un eterno condenado.


Carnicería reinventada

Segundo clasificado en el Algeciras Fantástika. Un honor, pues entre los finalistas se encontraban escritores profesionales.

http://www.algecirasfantastika.info/af2017/relatos2017/


Segundo clasificado: CARNICERÍA REINVENTADA (Enrique Ferrer Pérez)

— ¿Cuántas cabezas vienes a cobrar?
— Siete.
— ¿Sólo? Sabes que el mínimo son diez semanales. Si no espabilas tendrás que cambiar de profesión.
Depositó las cabezas cercenadas en la cinta transportadora, tal y como dictaba el protocolo, y cobró sus créditos. Si no cumplía los objetivos le adjudicarían un empleo peor,  y no sabía hacer nada más.  Desde que la humanidad  rehusó el  consumo de productos de origen animal, miles de carniceros en todo el mundo habían quedado desempleados. El Gobierno Mundial pronto les buscó otra ocupación, utilizando sus habilidades con los cuchillos y demás herramientas para atajar otro de los grandes problemas del sistema: el número excesivo de ancianos. La mayor parte del gremio aceptó la oferta, pues el trabajo resultaba sencillo y bien remunerado. Tan solo debían cumplir los plazos.
El principio fue relativamente fácil. Los ancianos desconocían el plan del Gobierno para reducir su número y vivían confiados. Los carniceros reconvertidos en matones conocieron buenos tiempos, llegando a duplicar su sueldo con las comisiones por los buenos resultados de sus cacerías. Pero ahora, además de que quedaban menos, resultaban más difíciles de matar. Algunos paseaban armados, otros habían huido al monte y hasta se organizaban en guerrillas para defenderse.  Si el mes próximo no llegaba al mínimo se vería degradado a uno de los rangos inferiores, como mayordomo o limpiador de zapatos. No lo podía permitir.
Con mucho esfuerzo y dedicación, consiguió bastantes ejemplares de jubilado durante los días siguientes. A uno lo degolló, a otros dos los descuartizó y hasta tuvo
que abrir en canal y eviscerar a uno que se resistió demasiado. Tan solo le faltaba uno para cumplir los plazos, pero le quedaban un par de horas de tiempo. El anciano padre se puso muy contento  cuando su hijo,  que llevaba meses  sin visitarle, le dijo por teléfono que quería verle.

La búsqueda

El primer concurso de escritura que gano. Todo un honor.

http://www.klownsasesinos.com/cortos-con-k-festival-2017/klowns-horror-fanzine-6-especial-viajes-tiempo/

Hoy comeremos carne

https://dentrodelmonolito.blogspot.com.es/2017/07/resultado-del-concurso-de-relatos-de.html

Publicado mi relato de terror.



HOY COMEREMOS CARNE

El círculo se rompió. Las manos sudorosas se deslizaron, separándose la danzante formación pagana. Las siete siluetas recortadas a la luz flamígera de las brasas se retorcían en espasmódicos movimientos, casi inhumanos, alteradas por la extraña mezcla de hierbas ingeridas a lo largo de la ceremonia. Las figuras pertenecían a siete mujeres. Siete féminas ataviadas con andrajosos chales de lana, calzas de cuero grueso, alpargatas de esparto y otras prendas de invierno con la finalidad de mantener calientes sus arrugados cuerpos. La nieve caía sobre las cabezas lisas, sin ningún vestigio de cabello, mezclándose con las gotas de sudor en una disolución tibia que adornaba las baldías cogoteras con una perlada corona. La curvatura de las espinas dorsales confería a las ancianas una apariencia grotesca, casi circense, caricaturesca si no fuera por las afiladas cuchillas que sostenían sus manos. En el centro de la hoguera un mástil ascendía rugoso, repleto de nudos; una madera que las llamas lamían sin conseguir quemar. En lo alto del prodigioso palo, un cuervo de descomunal tamaño observaba la escena con un porte altanero y desafiante. En el instante en que el círculo se disgregó, el ave alzo el vuelo. Las brujas continuaban su incesante baile a la par que el córvido, sobrevolando sus cuerpos a poca distancia, clavaba su intensa mirada en cada una de ellas, analizándolas.  Posándose finalmente en una de las calvas, el cuervo bebió las gotas de sudor y pico después los ojos de la afortunada. Las demás al saberse rechazadas, utilizaron sus cuchillas de afeitar para rebanarse el cuello. Los viejos cuerpos cayeron sin vida, regando con su sangre espesa el suelo nevado. La elegida, presa del pánico y de la ceguera, se lanzo a las llamas guiada por el crepitar de las brasas. El fuego se extinguió a lo largo de la noche. Los restos del aquelarre quedaron olvidados en el espeso robledal. 

—¿Cuándo vais a sacarme de aquí? —gritó la anciana mientras golpeaba el ventanal de madera.
—¡Cuando resucites a los niños que te has comido! — La voz del hombre resonó por todo el edificio.
—¡Yo no fui! Fueron ellos. Yo sólo soy una humilde servidora…

            La construcción se alzaba solitaria en mitad de un mar de piedras, controlando arrecifes de zarzas y bancos de pececillos de plata. Sus tres pisos de altura podían verse desde varios kilómetros a la redonda, pues ninguna otra edificación, ningún árbol, ni tampoco un accidente geográfico se interponía en el paisaje. Tan solo monte bajo y campos yermos, parajes otrora bullentes de actividad agrícola, cruelmente abandonados por la sociedad moderna. De base cuadrada, sus paredes descorchadas ascendían lisas, sin ningún tipo de adorno ni ventana. El cemento toscamente lucido por las manos inexpertas de un agricultor momentáneamente convertido en albañil, presentaba el deterioro propio de más de un siglo  a la intemperie. Los cimientos aguantaban impasibles, tan anclados a la roca madre que formaban ya parte de ella. A ojos ignorantes hubiera llamado la atención la ausencia de una puerta propiamente dicha, ya que el edificio no estaba concebido para que lo habitaran personas. Un ventanuco de apenas medio metro cuadrado, colocado a tres varas del nivel del suelo, era el único acceso al palomar. Al menos consistía en la única entrada para humanos. Justo debajo del tejado, unas aperturas cuadradas permitían la entrada y salida de las habituales inquilinas de la torre: las palomas.
            Aunque en decadencia por la falta de sembrados, una  veintena de parejas se resistía a abandonar el antiguamente próspero palomar. Los nietos de su constructor, desconocedores del esfuerzo y los beneficios que su alzamiento había supuesto para la familia en otra época, abandonaron su herencia campestre a la suerte del olvido, dejando que sus raíces se pudrieran sin remedio. Pero los caminos del destino son caprichosos. Cuando la necesidad aprieta, la memoria reactiva viejos recuerdos y remotas posibilidades. Así fue como Ione, tras perder su trabajo en la fábrica de la capital y acabarse su prestación por desempleo, se dirigía al pueblo de su abuelo en busca de una oportunidad.
            Conocía la metódica a seguir para procurarse unos cuantos pichones. Durante su infancia había acompañado a su padre a recoger el fruto de la solitaria construcción. Armada con un viejo saco de esparto, Ione salió de su coche, aparcado en el camino de tierra más próximo al refugio de las torcaces. Era una tarde otoñal y, aunque el cielo estaba encapotado, todavía no llovía. Además la temperatura resultaba agradable, tras un verano caluroso en exceso. Ione se sentía animada pese a su situación de desamparo. La docena de agujeros de la cumbre le observaban acercarse, interrogadores, desacostumbrados a la presencia humana. No se veía ninguna paloma, agazapadas en sus nidos ante la inminente tormenta. Conforme se iba acercando su alegría se difuminaba, como la poca claridad que le quedaba al día. Poco a poco cayó sobre su espalda el peso de la soledad de los alrededores, y no tardó en sentirse sobrecogida ante la almenara. Se le antojaba ahora parte de un mausoleo destruido que albergara las almas de los labriegos cuyo sudor absorbió esta tierra. El caminar entre zarzas y tormos de barro seco se le hacía cada vez más pesado, y solamente cuando llegó hasta el ventanal se percató de que su estado de cansancio era tal, que hasta su espalda se había encorvado ligeramente. Cerró el puño y con sus nudillos golpeó la madera de la ventana, tal y como su padre le había enseñado. Tres golpes secos retumbaron por todo el palomar, rompiendo el lóbrego silencio. Los aleteos exaltados no tardaron en llegar. Las palomas, asustadas por el ruido, buscaban apresuradamente la salida, huyendo del posible depredador que venía a perturbar su paz. Los golpes tenían esa finalidad: espantar a los ejemplares adultos y dejar la zona despejada para la cómoda captura de sus pichones. Aquella noche la familia de Ione por fin comería carne tras varios meses de escasez. Cada paloma que lograba alcanzar la salida producía en su huida un ruido que, aunque esperado, exasperaba a la joven mujer. La irregularidad de la cadencia con la que sonaban le hacía sobresaltarse. Cuando hubieron transcurrido unos segundos sin que ningún ave saliera de su cubil, Ione llevaba una cuenta de once parejas. Su padre y su abuelo siempre contaban el número de parejas para hacer una estimación de los pichones que podían coger, dejando siempre el número suficiente de ellos para que la bandada saliera adelante.
Abrió la ventana y tomó impulso con los brazos para izarse hasta poder introducirse por la estrecha apertura. No lo recordaba tan oscuro, como tampoco recordaba que sus antecesores siempre realizaban aquella tarea cuando el sol se encontraba bien alto, para aprovechar al máximo la poca luminosidad que lograba acceder al interior de la construcción. Sí tenía en la memoria la disposición interior del palomar. Los tres pisos eran idénticos, a excepción de las claraboyas superiores. En las cuatro paredes, pequeños nichos de escayola servían de soporte para los nidos de las aves. Una escalera móvil daba acceso al siguiente piso. Cada planta consistía en cuatro planchas de cemento de medio metro de ancho que permitían alcanzar los nidos, dejando la parte central del edificio hueca, de manera que desde el nivel del suelo se veía el techo pero no los nidos de cada uno de los niveles superiores. Una vez utilizada para ascender al primer piso, la escalera de madera se debía asir para subir al siguiente. Esta operación debía realizarse con premura, pues si no los pichones más cercanos a la madurez podrían tener tiempo suficiente para escapar. Con esta disposición se revisaban rápidamente todos los nidos, y por el hueco central se iban tirando abajo las capturas, tras despojarles de algunas plumas de las alas para evitar que salieran por el ventanuco o que levantaran el vuelo hasta el tejado. Una vez abajo, vulnerables sin su principal defensa natural, el vuelo, resultaba sencillo capturarlos y meterlos al saco.
Una vez estuvo apoyada en el quicio del ventanal, de un salto se metió dentro. Sus dos piernas quedaron instantáneamente clavadas casi hasta las rodillas en una capa de inmundicia. El palomino acumulado durante décadas desprendía un hedor tal que Ione no pudo evitar ponerse a vomitar, Entre arcada y arcada le costaba un gran esfuerzo llenar sus pulmones con aquel aire hediondo que seguro estaba cerca de ser mortalmente tóxico. Pese a que la oscuridad era casi total, unos rayos de luz permitieron a Ione vislumbrar dónde se encontraba la escalera. Se dirigió hacia ella con una mano tapándose inútilmente la nariz y la otra sosteniendo el saco en alto. Cada paso que daba conseguía que el olor se intensificara, al remover los desperdicios. La papilla putrefacta de heces, huesos y plumas se aferraba a los pantalones, como si estuviera deseosa de escapar de su misma podredumbre. No podría tirar al suelo los pichones capturados, pues se hundirían en aquel fango de muerte. Tendría que meterlos directamente al saco, lo que le haría perder efectividad en su caza. Alcanzó la escalera y subió unos peldaños. Con el saco limpió como pudo los restos de sus botas para evitar resbalones. Solamente de imaginarse sumergida en aquel guano casi le provocó nuevas arcadas.
Llegó al primer piso maldiciendo la hora en que se le ocurrió visitar el palomar. Por su cabeza pasó la idea de darse la vuelta pero, obstinada, se forzó a continuar. Lo peor ya había pasado. En las tarimas superiores la cantidad acumulada de excrementos sería mucho menor. La oscuridad allí era total. Forzando la vista se apreciaban unos puntos más oscuros y brillantes, tan lisos y pulidos que se hacían visibles al reflejar la propia oscuridad. Aparecían y se escondían intermitentemente, al son del parpadeo nervioso producido por el miedo. Ione se puso manos a la obra. No se molestó en atrofiar ningún ala, ya que sus presas iban directamente al saco. Así recolectó tres jóvenes aves y, pese a la mugre y el nauseabundo olor, su mente viajo en el tiempo y recordó los platos guisados por su abuela: pichones encebollados, arroz con pichones, pichones fritos… Un trueno le hizo volver a la realidad hedionda donde se encontraba. Anudó el saco, lo cargó en su espalda y amarró la escalera. Tras arrancarla de la capa de palomino la colocó en posición para ascender al segundo piso.
Rodeado por un montículo de pequeños huesos, reposaba contra la pared un esqueleto humano. La calavera se encontraba dislocada en un ángulo incompatible con la vida, seguramente obedeciendo la llamada de la gravedad al haberse descompuesto los músculos del cuello. Las cavidades oculares parecían más profundas de lo habitual, pues en lugar del vacío dejado por la nariz sobresalía una protuberancia ósea en forma de pico. Le bastó un segundo de macabra visión para quedar aterrorizada. Bajó temblando por la escalera lo más rápido que pudo. Tal era su horror que no se molestó en cambiar la escalera de piso. Saltó hacia la fosa séptica que era el piso inferior. A pesar de que la capa apestosa amortiguó la caída, una rodilla cedió, quedando dolorida y probablemente luxada. Avanzó hasta el ventanuco arrastrando la pierna. Tiró el saco fuera y trepó con dificultad, temblando todavía. Seguía lloviendo. El cielo ensombrecido resplandecía con cada relámpago. Saltó al exterior y, tras recuperar el saco, trotó por el yermo como un caballo enloquecido. El peso del saco aumentaba gradualmente a medida que absorbía el agua de lluvia. ¿Cuántos había capturado? Tres o cuatro, no lo recordaba bien. Parecía que llevaba una docena. El barro se pegaba a sus botas al igual que el miedo se había instalado en su subconsciente. Huía a trompicones de algo muerto. Tenía la sensación de ser observado desde las alturas, como si el palomar fuera una torre de vigilancia y aquel esqueleto su imperturbable vigía. Los pájaros revoloteaban en el saco. “Deben estar ahogándose”, pensó. Pesaban como si llevara una veintena. Llegó al coche y no le importó mancharlo. Tiró la bolsa al asiento del copiloto, arrancó y se marchó.
No se percató de cómo unos afilados picos rasgaban el esparto. El revuelo caótico de negras alas en el interior del coche le hizo perder el control y salirse de la calzada. Aquel día los cuervos comieron carne. Carne humana.

La última función

Publicado mi relato de terror sobre payasos asesinos en la revista Vuelo de Cuervos.

https://lektu.com/l/vuelo-de-cuervos/payasos-malvados/5859

Proyecto planeta

 Publicado relato de ciencia-ficción/humor (2015). Mi primera publicación en papel.

http://pulpture.com/blazar/

¡QUE SIGA LA FIESTA!

¡QUE SIGA LA FIESTA!
Hunde el cuchillo en el pecho desgarrando la carne. Y sigue. Continua deslizando el metal destrozando los tejidos. Y sigue. Decenas de poros borbotean con violencia. Y sigue. Órganos destrozados caen en un charco inmundo. Y sigue. Caminos de sangre coagulando recorren los músculos desembocando en los pies colgantes. Y sigue. La cabeza separada del cuerpo abierto en canal sonríe hasta que el hacha parte en dos su mueca de muerte. Se escucha a los niños reir y jugar. Es un día de fiesta. Divertido balón la vejiga del cerdo.